En términos de destrucción, muertos y desaparecidos, el balance de la segunda guerra mundial fue enorme. Las víctimas se elevaron a más de cincuenta millones de personas, de las cuales cerca de la mitad eran civiles. Ciudades enteras fueron arrasadas y en muchas regiones se hizo necesaria una reorganización total de las estructuras económicas y políticas. La Unión Soviética fue el país que pagó el precio más alto en vidas humanas, con cerca de 17 millones de muertos, seguida de China, Polonia y la propia Alemania. La economía mundial salió completamente trastornada. Estados Unidos, que había mantenido intacto el propio patrimonio industrial durante la guerra, debía hacer frente a las consecuencias de un gasto bélico que había superado los treinta billones de dólares y que amenazaba con perjudicar seriamente los programas de reconversión.
Otro de los dramas más trágicos y de mayores dimensiones de la guerra fueron los éxodos masivos y las deportaciones a que se vieron sometidos treinta millones de europeos, debido a los intercambios de minorías étnicas, a la repatriación alemana y a la emigración judía hacia Israel. Todo ello fue consecuencia, en parte, de la nueva delimitación territorial y política, que a menudo se practicó de manera totalmente arbitraria.
El sistema de exterminio nazi del pueblo judío (seis millones de víctimas), de los gitanos, homosexuales, comunistas y discapacitados físicos y mentales, fue una de las muchas taras que ensombrecieron el régimen hitleriano antes y durante la guerra. Los horrores de este genocidio fueron castigados más tarde en el proceso de Nuremberg, celebrado en 1946 en la ciudad homónima alemana, en la que se juzgó por crímenes de guerra a los dirigentes nazis.