jueves, 17 de enero de 2013

La Batalla del Cabo Matapan



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Hacia la tercera semana de marzo de 1941 se consideraba probable que los alemanes atacaran a Grecia.

 En efecto, por esta época, los aviones de reconocimiento enemigos empezaron a volar frecuentemente sobre el sur y el oeste de Grecia y de la isla de Creta, y a diario sobre el puerto de Alejandría. Por añadidura, la vigilancia desusada a la que fueron sometidos los movimientos de la flota del Mediterráneo nos indujo a prever una importante operación de la flota italiana.

¿Cuáles eran las posibilidades que se ofrecían al enemigo? ¿Atacar a nuestros convoyes que transportaban tropa sy víveres a Grecia, muy vulnerables porque su escolta era insuficiente? ¿ Enviar un convoy de aprovisionamiento hacia las islas de Dodecaneso? ¿Realizar una maniobra diversa con el fin de proteger un desembarco en Creta, en Cirenaica o bien un ataque general contra Malta? De todas estas hipótesis, parecía las más verosímil atacar a los convoyes que enviábamos a Grecia.

Para prevenir este peligro, necesitábamos evidentemente apostar nuestra flota de guerra  al oeste de Creta, pero era seguro que seríamos descubiertos por el reconocimiento aéreo del enemigo; bastaría entonces a la flota italiana retrasar su operación hasta que nos viésemos obligados a regresar a Alejandría para abastecernos de combustible. Dos condiciones eran necesarias para tener algunas probabilidades de éxito: en primer término, estar seguros de que los italianos se encontraban efectivamente en el mar, y en segundo término, fijar nuestra salida para las primeras horas de la noche, a fin de no ser descubiertos por el enemigo antes de la mañana del día siguiente. El ideal habría sido que la partida se mantuviese en secreto. Por último, como el adversario conocía perfectamente los movimientos de nuestros convoyes en el mar Egeo, no había que despertar sus sospechas con maniobras desacostumbradas, sin que dejáramos por eso de proteger a nuestros barcos contra un posible ataque.

El 27 de marzo por la mañana, un hidroavión de Malta descubrió tres cruceros  y un destructor italiano, a 80 millas al este de la punta sudeste de Sicilia, que parecían dirigirse a Creta. Pero no pudo seguirlos por la mala visibilidad. La dirección de este movimiento suscitó inmediatamente una viva discusión entre mi estado mayor y yo. La presencia de estos buques pudiera ser la prueba de que otros más pesados cruzaban por las cercanías. ¿Cómo es posible que no se sintieran tentados por nuestros convoyes tan poco protegidos?

Ahora bien, en aquel momento sólo teníamos un convoy en el mar. Transportaba tropas a Grecia y debía de encontrarse en algún punto al sur de Creta. Recibió la orden de que diese media vuelta tan pronto cayese la noche. Otro convoy debía salir del Pireo en dirección sur; se le ordenó que no se moviera.

Personalmente, me inclinaba a creer que los italianos no harían ataque alguno. Pero la intensificación de las comunicaciones de la radio italiana nos incitó finalmente a levar anclas, ya de noche, para disponer nuestra flota de combate entre el enemigo y nuestros convoyes. Sin embargo, aposté diez chelines con mi oficial de estado mayor a que el enemigo no se dejaría ver.

Nuestra decisión de zarpar después de anochecido fue providencial, pues los aviones de reconocimiento enemigos volaron sobre Alejandría a mediodía y, otra vez, ya bien entrada la tarde. Pero no advirtieron actividad alguna, tan apacible parecía la flota. Por mi parte, yo había preparado un pequeño ardid para despistar al consúl japonés en Alejandría, que tenía la costumbre de indicar al enemigo nuestros menores movimientos. Yo no sé si sus informaciones eran de alguna utilidad, pero, de todos modos, decidí hacerle una jugarreta a aquel retaco. Me trasladé al club de golf, llevando mi maleta como si tuviese intención de pasar la noche en tierra. El consúl japonés pasaba la mayor parte del tiempo en el club de golf. Era imposible no reparar en el: bajo y rechoncho, tenía un trasero tan grueso que su silueta, cuando se inclinaba hacia delante para jugar, parecía un globo. Puse en práctica mi estratagema. Recogí mi maleta al caer la tarde, volví al buque almirante, el "Warspite" y a las 7 de la noche zarpó la flota. ¿Que haría mi japonés al día siguiente, al ver el puerto desierto? Por fortuna, ya no tenía que preocuparme de eso.

Al salir del puerto, el "Warspite" chocó con un banco de fango. Sus condensadores se ensuciaron, lo cual redujo nuestra velocidad a 20 nudos, y nos causó después muchos trastornos. Sin embargo, la noche acabó sin incidentes, mientras nosotros nos dirigíamos al noroeste. El "Warspite", el "Barham", el "Valiant" y el portaaviones "Formidable" se mantenían agrupados. Los destructores "Jervis", "Janus", "Nubian", "Mohawk", "Stuart", "Greyhoum", "Griffin", "Hotspur" y "Havock" les precedían.

Como ya dije, el único convoy que estaba en ruta había retrocedido. Ordené al vicealmirante Pridham-Wippell, a bordo del "Orion", que se apostase, el 28 al amanecer, al sudoeste de la isla Gávdhos, juntamente con el "Ajax", el "Perth", el "Gloucester" y cuatro destructores;: "Ilex", "Hasty", "Hereward" y "Vendetta".

Al despuntar el alba, los aviones de patrulla despegaron del "Formidable". A las 7 h. 4 descubrieron a cuatro cruceros y varios destructores que al principio tomaron por los de Priadham-Wippell. Sin embargo, a las 8 h. 3, este último nos señalo la presencia de buques enemigos al norte de su posición. Era, pues, evidente que la flota enemiga se había hecho a la mar; estaba encantado de haber perdido mi apuesta.

Los cruceros de Priadham-Wippell debían hallarse aproximadamente a 90 millas. Traté de acelerar la marcha del "Warspite", pero a causa de las dificultades en las máquinas no podíamos pasar de los 22 nudos. Entretanto, Priadham-Wippell pudo comprobar que el armamento de los italianos era superior al suyo y decidió replegarse ante estos naviós más rápidos y potentes, que le tenían a su merced, tratando de atraerles ala alcance del fuego de nuestros acorazados. Los cruceros italianos emprendieron su persecución y abrieron fuego a las 8h. 15, a 13 millas de él. El tiro, relativamente preciso, sobre todo al principio, pareció concentrarse sobre el "Gloucester", que viraba constantemente para evitar las granadas. A las 8h. 29, como la distancia se acortase una milla, el "Gloucester" trató de replicar, pero los disparos de sus cañones quedaban cortos. El enemigo torció su rumbo hacia el oeste y a las 8h. 55 cesó de disparar. Justamente antes de las 11 de la mañana, Priadham-Wippell divisó al norte otra unidad enemiga que abrió fuego con precisión a 16 millas de distancia. Nuestros cruceros, protegidos por una cortina de humo, se alejaron velozmente, rozados en diversas ocasiones por proyectiles de 15 pulgadas.

Desde el puente del "Warspite", la situación parecía más insegura. Sabíamos que los acorazados italianos del tipo Littorio podían navegar a 31 nudos, mientras que las máquinas del "Gloucester", la noche anterior, no había podido sobrepasar los 24 nudos. Además, al norte de Priadham-Wippell se encontraba otro grupo de cruceros italianos. Sin embargo, la proximidad del enemigo había hecho el milagro de reanimar a la potencia del "Gloucester", que alcanzó entonces 30 nudos.

Había llegado el momento de obrar. Ordené al "Valiant" que acudiese en socorro de Priadham-Wippell lo más rápidamente posible. Hubiera preferido retrasar la acción de los aviones hasta el momento en que los buques enemigos estuviesen lo bastante próximos a nosotros para echarlos a pique si podían ser alcanzados. Pero las circunstancias me apremiaban. Los aviones estaban dispuestos a partir; ordené al "Formidable" que despegasen, con lo que la situación de Priadham-Wippell mejoró inmediatamente. Pero, por desgracia, el enemigo, que se encontraba a 80 millas, se retiró. Las probabilidades de un nuevo encuentro de día e incluso de noche disminuían considerablemente. Mientras tanto, se habían logrado arreglar la avería de las máquinas del "Warspite", y me apresuré a socorrer a Priadham-Wippell, dejando al "Formidable" que no podía caminar a la velocidad de nuestra flota de combate, dirigir sólo las operaciones aéreas. El enemigo atacó inmediatamente con torpedos al portaaviones, pero éste consiguió esquivarlos.

Nuestros aviones de reconocimiento observaron un movimiento de fuerzas enemigas hacia el oeste. En cuanto divisé a nuestros cruceros, hacia las 12 h. 30, ordené a los aviones del "Formidable" que lanzasen un ataque sobre el "Vittorio Veneto", el más importante de los acorazados italianos, que se hallaba entonces a unas 65 millas. Emprendimos las persecución. Prometía ser larga y probablemente inútil, a menos de que el "Vittorio Veneto" fuese alcanzado por las bombas de nuestros aviones, tanto más cuanto que nos habíamos visto obligados a aminorar la marcha para que el "Formidable" pudiera unirse a nosotros y el "Barham" pudiera mantenerse a nuestra altura.

A las 3 de la tarde, una bomba hizo blanco en el "Vittorio Veneto", que seguía encontrándose a 65 millas, y, según el informe del piloto, su velocidad bajó a 8 nudos. Magníficas noticias, desgraciadamente exageradas. En realidad, una hora más tarde, seguían separándonos 60 millas de nuestra presa, cuya marcha era de 12 a 15 nudos. No era posible alcanzarles antes de la noche. Los ataques aéreos prosiguieron sin más resultado que el de asustar al enemigo; por lo menos, teníamos la satisfacción de vengarnos de los bombardeos italianos que soportábamos desde hacía meses. No obstante, se hacía indispensable entrar en contacto con el enemigo. Se encargó, pues, a Priadham-Wippell que acelerase la marcha, a fin de no perder de vista al enemigo en retirada. Igualmente se dio orden de adelantarse a los destructores "Nubian" y "Mohawk", para que sirviesen de enlace entre los cruceros de Priadham-Wippell y la flota de combate.

A las 6 h. 30 de la tarde, la situación era la siguiente: el "Vittrorio Veneto" se encontraba a 45 millas del "Warspite" y navegaba hacía el oeste a una velocidad de 15 nudos. La flota italiana se había reagrupado: su buque de mayor tonelaje estaba rodeado por los destructores y los cruceros, y protegido a proa por una pantalla de destructores.

A las 7 h. 30 era casi de noche. Nuestros aviones, Sworfish, partieron al ataque por tercera vez. Priadham-Wippell sólo distaba tres millas del enemigo. Los informes de los pilotos indicaron algunos éxitos probables, pero sin poder confirmarlos. Había llegado el momento de tomar una decisión, lo cual no era fácil. Yo estaba convencido de que hubiera sido absurdo no echar toda la carne en el asador para aniquilar al "Vittorio Veneto". Pero el almirante italiano debía conocer perfectamente nuestra posición y disponía de un buen número de destructores y de cruceros. En su lugar, ningún almirante británico habría vacilado en lanzar todas sus fuerzas, destructores y cruceros armados con lanzatorpedos contra la jauría que le perseguía. Algunos oficiales me indicaron que era imprudente perseguir a ciegas a los italianos, arriesgándonos a poner en peligro a nuestros tres navíos y a nuestro portaaviones, e incluso a encontrarnos al día siguiente metidos en la boca del lobo, al alcance de los bombarderos enemigos. Escuché sus argumentos con la mayor atención, y como había llegado la hora de la cena, les dije que primero iba a bajar a cenar y que después vería lo que debía hacerse.

Al volver al puente me sentí optimista y ordené a las fuerzas de ataque que buscasen al enemigo y entablasen batalla. Sólo quedaron cuatro destructores para escoltar a nuestros acorazados. ¿Qué sucedería si los italianos decidían atacarnos? Nos interrogábamos con alguna inquietud sobre ello al mismo tiempo que nos preparábamos para la persecución.

A las 21 h. 11, Priadham-Wippell nos envió un mensaje: su radar acababa de revelar la presencia de un navío desconocido parado a 5 millas. El "Warspite" no tenía radar, pero torcimos ligeramente nuestra dirección para identificarlo después de que el "Valiant" nos señalo, por su parte, la presencia en el mismo sitio de un gran navío, que probablemente pasaba de los 180 metros de eslora. ¿Era el "Vittorio Veneto?

Ya antes de verle habíamos calculado las condiciones del tiro y nuestros cañones apuntaban hacía le objetivo.

Un cuarto de hora después, a las 22 h. 25 el capitán de fragata Edelsten, mi jefe de estado mayor, que estaba de pie en la aleta superior del puente de mando escrutando el mar con sus gemelos, anunció con la mayor tranquilidad que distinguía, cortando la línea de los acorazados, dos grandes cruceros y uno mas pequeño. Miré a mi vez: efectivamente, allí estaban. El capitán de fragata Power, un antiguo oficial de submarinos, que tenía un don singular para reconocer a los buques de guerra enemigos, declaró que se trataba de dos navíos del tipo Zara, armados con  cañones de doce pulgadas, precedidos por un crucero más pequeño. Coloqué mis navíos en línea de combate utilizando la radio de onda corta, después subí con Edelsten y mi estado mayor al puente superior, desde donde se podían ver perfectamente las operaciones. Nunca olvidaré los minutos que siguieron. En medio de un silencio de muerte, un silencio que casi se palpaba, no se oía más que la voz de director de tiro, que apuntaba a sus piezas. Las órdenes eran transmitidas por la torre de control. Mirando hacía proa, se veía girar a las torres hasta inmovilizarse cuando los cañones de 15 pulgadas apuntaban a los cruceros enemigos. Nunca he vivido un momento tan emocionante como aquel que oí anunciar tan serenamente:"El director del tiro avista el blanco". Indicio seguro de que los cañones estaban prestos y que se ardía en deseos de servirse de ellos. El enemigo se encontraba a 3500 metros, como máximo.

El capitán de fragata Geoffrey Barnard, oficial de tiro, dio la orden de abrir fuego. Resonó el timbre eléctrico; luego se produjo un vivo resplandor anaranjado, y el disparo simultáneo de los seis cañones de grueso calibre sacudió violentamente al buque. En el mismo instante, el destructor "Greyhound" encendió sus proyectores para localizar a los cruceros enemigos, y su silueta azul plateada se destacó en la oscuridad. Después de la primera andanada encendimos a la vez nuestros proyectores, y un espectáculo de horror se ofreció a nuestros ojos.Cogidos de lleno por un haz luminoso, puede seguir la trayectoria de nuestros seis grandes proyectiles volando por el aire. Cinco de los seis alcanzaron  al crucero a unos pies por debajo del puente superiior, donde estallaron como surtidores deslumbrantes. Los italianos habían sido cogidos absolutamente desprevenidos. Sus cañones quedaron destruidos. El enemigo no pudo oponer resistencia.

A nuestra popa, el "Valiant" había roto el fuego al mismo tiempo que nosotros. También él dio en el balnco, y le observé mientras pulverizaba a su adversario. Nunca hubiera pensado que cañones tan pesados se mostrasen tan eficaces. El "Formidable" se había retirado a estribor, pero, detrás del "Valiant", el "Barham" disparaba con todas sus piezas.

¿Cómo describir la trágica situación de los cruceros italianos? Torres enteras enormes montones de hierros retorcidos volaban por los aires antes de caer al mar, levantando inmensas masas de agua. A los pocos minutos, los navíos ardían de proa a popa, convertidos en un tea incandescente. El encuentro no había durado más que unos minutos.

Nuestros proyectores seguían encendidos, y a eso de las diez y media vimos a tres destructores italianos, que seguían a sus cruceros, acercarse a nosotros por la izquierda. Antes de alejarse lanzaron sus torpedos. Nuestros acorazados, para evitarlos, viraron todos al mismo tiempo 90º hacía la derecha. La confusión llegó entonces al colmo, porque nuestros destructores habían entrado ahora en la refriega. El "Warspite" disparaba con sus cañones de 15 y 6 pulgadas. Con gran desesperación por mi parte, vi que el "Havock" era alcanzado por nuestras propias granadas. Le di por perdido. El "Formidable" se libró de milagro. Se había retirado a toda velocidad, puesto que no jugaba ningún papel en aquella batalla. Ya se encontraba a cinco millas cuando cuando fue cogido en el haz del proyector del "Warspite". Nuestros artilleros, que se aprestaban a hundirlo, fueron detenidos a tiempo. Encomendé a cuatro destructores, el "Greyhound", el "Stuart", el "Griffin" y el "Havock" la tarea de acabar con los cruceros, e hice apartarse hacía el norte a los buques grandes y al "Formidables" para alejarlos del combate.

A las 10 h. 45 oímos un gran cañoneo al sudoeste. Ninguno de nuestros barcos debía encontrarse en aquel lugar. ¿Eran los italianos, que se cañoneaban unos a otros, o los destructores de nuestras fuerzas armadas, que pasaban a la ofensiva? Justamente después de las 11 ordené a los buques que no estaban ocupados en rematar al enemigo que se retirasen al nordeste. Quería de este modo dejar en completa libertad a nuestros destructores para que atacaran y facilitar el reagrupamiento de la flota al día siguiente por la mañana. Ordené al comandante Mack, que tenía a sus órdenes los ocho destructores del grupo de ataque, que no se retirase sin haber roto el fuego. Por desgracia, Priadham-Wippell no interpretó correctamente está orden y abandonó la búsqueda del "Vittorio Veneto".

Poco después de media noche, el "Havock", que acaba de torpedear y de hundir un destructor, informó que estaba en contacto con un buque de línea que se hallaba en el lugar donde se había efectuado el encuentro. El comandante Mack, creyendo que se trataba de su objetivo, volvió a escape. Tenía que recorrer cerca de
60 millas hacía el este. Sin embargo, una hora más tarde, el "Havock" comunicó que sólo se trataba de un crucero armado con piezas de artillería de ocho pulgadas.

A las 3 de la madrugada, el capitán del "Havock" alcanzó al crucero, que resultó ser el "Pola"; pero como había utilizado todos sus torpedos, no pudo echarlo a pique. El comandante Mack, en el "Jervis" no tardó en unírsele, con el "Greyhound" y el "Griffin". Hizo abarloar al crucero italiano. A bordo reinaba una gran confusión. Algunos tripulantes, aterrados, se arrojaban al mar. Los puentes estaban atestados de marineros borrachos, revolcándose entre las botellas. Los oficiales eran incapaces de mantener la disciplina. Mack transbordó a la tripulación y después torpedeo el buque. El "Pola" había sido señalado la noche precedente por Priadham-Wippell y por el "Valiant". No había tomado parte en el encuentro, pero había sido torpedeado y puesto fuera de combate por uno de los aviones del "Formidable".

Su desaparición marcó el fin de la batalla. Los reconocimientos efectuados por la aviación del "Formidable" y completados por aviones procedentes de Grecia y de Creta indicaron que al oeste no había ningún buque enemigo. El "Vittorio Veneto" había logrado aumentar su velocidad y escapar durante la noche.

Cuando despuntó el alba del día 29 de mayo, cruceros y destructores avanzaban a nuestro encuentro. Convencidos de que, la víspera, el "Warspite" había hundido durante la refriega a uno de nuestros destructores, íbamos contándolos no sin cierto temor. Con gran alivio nuestro, los doce se presentaron a la cita. Entonces recobré la serenidad.

Hacía buen tiempo. Volvimos al lugar de la batalla. El mar, en calma, estaba recubierto de una capa de aceite. Flotaban cadáveres entre restos de toda clases. Intentábamos salvar el mayor número de hombres posibles. Incluyendo a los miembros de la tripulación del "Pola" los británicos recogieron a 900 hombres. Algunos de ellos murieron después. Pero aviones alemanes interrumpieron nuestra misión de salvamento. Era demasiada imprudencia demorarse en una región tan expuesta a los ataques aéreos. En consecuencia, nos vimos obligados a abandonar a cientos de italianos para retirarnos hacía el este. No obstante, señalamos su posición con mucha exactitud al Almirantazgo italiano, que envió un buque hospital; el "Gradisca". Gracias a ello fueron salvados otros 160 hombres. Un lamentable error de clave explica la ausencia de los griegos. Su flotilla de destructores, sin duda alguna, habría desempeñado su cometido honorablemente. Se dirigieron por el canal de Corintio hacía Argostilón, pero a pesar de su diligencia llegaron tarde a la batalla. Todavía recogieron a 110 italianos.

La escuadra sufríó el previsto ataque aéreo la tarde del 29 de marzo. A pesar de los esfuerzos de los cazas del "Formidable", fue muy duro. El propio "Formidable" escapó por un pelo a varias bombas. No obstante, llegamos a Alejandría sin ningún otro incidente el 30 de marzo, a primera hora de la noche. Hice que cantaran un Te Deum en todos los navíos de la flota para celebrar nuestra victoria del cabo Matapan.

El "Vittorio Veneto" se nos había escapado, pero habíamos hundido tres cruceros de 10.000 toneladas: el "Zara", el "Pola" y el "Fiume", y dos destructores de 1.500 toneladas: el "Alfieri" y el "Carducci". Las pérdidas italianas se elevaban a 2.400 hombres. La mayoría habían sido muertos por nuestro bombardeo a corta distancia. El efecto de estos grandes proyectiles de casi una tonelada es absolutamente indescriptible.

En fin, nuestras bajas fueron mínimas: sólo perdimos la tripulación de un avión.