Richard Collier, que tenía dieciséis años durante la batalla de Francia, se alistó en la R.A.F. dos años después, y fue luego corresponsal de guerra en Extremo Oriente. Periodista primero luego escritor, se dedicó especialmente a los grandes acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Durante seis años de investigación ha interrogado a más de mil testigos para hacer revivir con intensidad aquella semana dramática durante la cual el ejército británico, como por milagro, logró escapar en Dunkerque a las fuerzas alemanas que amenazaban con apresarle entre sus tenazas.
Reinaba un extraño silencio cuando la oscuridad cayó aquella noche sobre el norte de Francia. Sobre el tablero de damas de los campos verdes y rasos y en los canales sombríos sólo se difundían débilmente algunos ruidos: el ladrido de los perros hambrientos o el mugido de las vacas sin ordeñar cuyos dueños habían huido ya hacia el Sur. Se avistaba un enorme desastre militar. Los Ejércitos británico, francés y belga, desplegados a lo largo del canal de la Mancha en un frente cóncavo de 250 kilómetros, habían sido cercados y cogidos en la trampa por los alemanes. Y ahora, las tropas agotadas y obligadas a retroceder continuamente por los tanques enemigos, esperaban, con el arma en la mano, en un silencio cargado de temor.
La retirada era inevitable. A decir verdad, en la mañana de aquel mismo día -el domingo 26 de mayo de 1940-, Anthony Eden, ministro de la Guerra, había autorizado a los ingleses a retirarse hacia la costa. Pero, ¿podía realizarse esta operación con éxito?
El general vizconde Gort, hombre de sólida constitución y sin pelos en la lengua, general en jefe del cuerpo expedicionario británico, tenía sus dudas al respecto.
"No debo ocultar a usted -había cablegrafiado a Eden- que, en el mejor de los casos, una gran parte del cuerpo expedicionario, con su material, se perderá inevitablemente."
La perspectiva de esta derrota había surgido con una brusquedad espantosa y desconcertante. Durante ocho meses, la mayor parte de los 390.000 hombres de este ejército se había dado a la gran vida. Con la ilusoria confianza de que los 400 kilómetros de la línea Maginot eran inexpugnables, construyeron unas 400 casamatas de hormigón, abrieron trincheras como en 1914-1918 y fosos antitanques y esperaron a que se produjera la ofensiva alemana. Al caer la noche, durante los largos meses de esta "drôle de guerre", habían bebido y cantado, entablando amistad con las muchachas del país. Los alemanes habían fomentado esta despreocupación.
De repente, el 10 de mayo, estalló verdaderamente la Segunda Guerra Mundial. Diez divisiones acorazadas alemanas y 117 divisiones de infantería aplastaron a Bélgica y a Holanda, ambos países neutrales. Poco después, siete divisiones acorazadas abrían brecha, como una punta de lanza, en el Ejército francés en Sedan, y avanzaban sin dificultad a través de los bosques de las Ardenas, punto débil de la línea defensiva aliada que los especialistas habían creído infranqueable.
Los británicos volaron en ayuda de sus aliados y atravesaron Bélgica, con ramas de lilas en flor entre sus cascos, en una marcha triunfal sobre Bruselas. Pero la campaña no tardó en convertirse en una pesadilla y los aliados se encontraron en una situación desesperada.
Tanto los ingleses como los franceses estaban equipados como si fuese a repetirse la Primera Guerra Mundial. Contra los 2.700 tanques modernos de los alemanes, Gort sólo podía oponer unas cuantas "Matildas", armatostes pesadamente blindados y engorrosos. También los carros de asalto franceses evolucionaban torpemente; su misión era apoyar a la infantería. La artillería británica se había dejado aventajar hasta el punto de que los mejores cañones de Gort tenían apenas la mitad del alcance de los últimos modelos alemanes.
Los alemanes habían invadido en diez días las tres cuartas partes de Bélgica y el Ejército belga, equipado con fusiles herrumbrosos y con cañones arrastrados por caballerías, estaba comenzando a dislocarse. Los tanques enemigos habían cruzado el norte de Francia en dirección al canal de la Mancha y actualmente atacaban Calais. La única esperanza de salvación que le quedaba a Gort era el puerto de Dunkerque.
Para llegar hasta él iba a tener que combatir a lo largo de un pasillo de 25 kilómetros de ancho y 80 de largo. Había desgraciadamente muchas probabilidades de que más de 300.000 hombres, la flor y nata del Ejército británico, fuesen hechos prisioneros antes de que terminase la semana.
Pero eran todavía muy pocos los que conocían la situación; en las unidades británicas la gente se limitaba a confiar en que los grandes jefes sabían lo que se hacían.
Al otro lado del Canal, en el interior de un despacho excavado en los húmedos acantilados calcáreos, 1 150 metros sobre el mar, el almirante sir Bertranm Home Ramsay, que tenía a su mando el puerto de Dover, estudiaba la misión que le había sido encomendada. La misión, llamada Operación Dínamo, preveía la evacuación de Francia de las tropas británicas y era una verdadera pesadilla, pues el almirante pensaba que ofrecía muy pocas posibilidades de éxito.
Dunkerque, la única salida que había quedado en manos de los británicos desde hacía una semana, era bombardeado por la Luftwaffe; en aquel entonces, este hermoso puerto, el tercero de Francia, estaba inutilizable. En una extensión de 40 kilómetros, la costa tortuosa, conocida por sus bajos fondos con el nombre de "el cementerio de los barcos", era inabordable para buques de gran calado; en otras términos, la evacuación tendría que realizarse con embarcaciones pequeñas.
Con serenidad científica, Ramsay discutía el problema con el capitán de navío William Tennant, el cual, recién nombrado comandante de la base naval de Dunkerque, le había sido enviado a toda prisa para ayudarle en su tarea. De los 202 torpederos con que la Marina británica había empezado la guerra, sólo quedaban 40; y, lo que es peor, estos buques, finos como galgos y abarrotados de cañones y de lanzagranadas, no estaban hechos para transportar gente. Tal misión debería confiarse a barcos mercantes, escasamente armados: buques de cabotaje, transbordadores del Canal y chalanas holandesas de quilla plana. Pero sólo se disponía de 129 de estos buques en aquella mañana de mayo, aunque algunos más estaban en camino desde 20 puertos distintos.
Para dirigir la evacuación -que se proseguiría durante todo el tiempo que los soldados de Gort lograsen mantener a distancia a los alemanes-, Tennant sería ayudado por 12 oficiales de marina y 150 marineros. Muy pocas tripulaciones estaban al corriente del proyecto. El teniente de navío Victor de Mauny, patrón de la lancha de vigilancia aduanera "Ocean Breeze", creía que su misión iba a consistir en evacuar refugiados belgas hasta el momento en que fue desengañado con brusquedad por un oficial de la Guardia escocesa:
- ¿Refugiados? ¡Qué disparate! No; no se trata de refugiados... Se trata del cuerpo expedicionario.
Nadie se hacía ilusiones sobre el éxito de la operación. Cuando Tennant salía de la oficina de Ramsay, el almirante, casi con negligencia, dijo la última palabra: poniéndose en lo mejor, Tennant y su equipo podían traer a Inglaterra unos 45.000 hombres.
Que pudiera evacuarse uno solo de los elementos del cuerpo expedicionario era un milagro, pues, si aún se poseía Dunkerque, era tan sólo por un inexplicable cambio en la estrategia alemana. El 23 de mayo, cuando sus tanques habían llegado a 20 kilómetros de Dunkerque, el general von Rundstedt había dado la siguiente consigna: detenerse en el canal del Aa y estrechar la formación.
La actuación de von Rundstedt, el prudente aristócrata de sesenta y cinco años, fue distinta a la de los impetuosos comandantes de panzers, como Rommel: no se fiaba mucho de esta nueva estrategia en que los tanques actuaban independientemente de la infantería. En numerosas ocasiones, durante la campaña de las Ardenas, se había parado, temeroso de que los tanques se distanciasen demasiado de la infantería dejando un flanco al descubierto. Pero en aquella ocasión fue el propio Hitler el que, al hacer una visita de inspección al Cuartel General de von Rundstedt, había examinado la situación decidiendo que la parada fuese definitiva. Los tanques no avanzarían sobre Dunkerque. La pantanosa llanura de Flandes no era terreno favorable para ellos, pues corrían el peligro de atascarse en el barro, comprometiendo su plan de ataque al corazón de Francia.
- Creo que llegaremos pronto a un acuerdo con Inglaterra- había dicho a von Rundstedt una semana antes.
Y después de hacer un panegírico exaltado del Imperio británico, el Führer añadió:
- La Gran Bretaña debería se la dueña de los mares; yo, de Europa.
Tal vez Hitler había sido influido por Hermann Goering. Al saber que los tanques habían llegado casi hasta Dunkerque, el vanidoso general en jefe de la Luftwaffe había exclamado furioso:
- Tengo que hablarle al Führer inmediatamente. Esta misión corresponde a la Luftwaffe.
Pidió comunicación telefónica y pocos minutos después Hitler daba su conformidad: la Luftwaffe se encargaría de Dunkerque. Los jefes alemanes protestaron.
- Es esencial que los tanques ataquen inmediatamente -decía, furioso, el general von Bock-. Si no tomamos Dunkerque, los ingleses podrán transportar su ejército a donde quieran.
El capitán general Kesselring, que mandaba la 2ª flota aérea, telefoneó a Goering desde Bruselas para protestar: ¿Se daba Goering perfecta cuenta de que una guerra aérea de tres semanas había reducido en un 50 por ciento el potencial de algunas unidades, y de que la mayor parte de los bombarderos disponibles tenían todavía sus bases a 500 kilómetros de Dunkerque? Goering permaneció inflexible y Kesselring, al colgar el aparato, manifestó con tono tajante:
- "Nicht Lösbar" (¡La cosa no irá bien!)
Durante tres días las discusiones persistieron con violencia, mientras los ingleses reorganizaban sus fuerzas para la defensa del puerto. El lunes 27 de mayo, el Führer consintió en que se hiciese una utilización limitada de los tanques en aquella zona. Sin embargo, debían rodear el puerto, ya que Dunkerque debía seguir siendo asunto de la Luftwaffe.
Por muy peligrosa que fuese la situación -y ahora corrían rumores alarmantes a lo largo de los 160 kilómetros de frente-, los británicos se resistían tenazmente a dejarse dominar por el pánico. A muy pocos kilómetros, las retaguardias británica y francesa retrasaban heroicamente el avance de los tanques de Rommel.
El capitán de navío Tennant se embarcó con destino a Dunkerque el lunes 27 de mayo, a fin de tarde, en el torpedero "Wolf-hound". Apenas zarpó el barco de Dover fue atacado por la aviación durante dos horas, y mientras disparaba su artillería antiaérea no cesó un momento de hacer zig-zags para esquivar las bombas que llovían sobre él.
Cuando Dunkerque apareció ante su vista, Tennant sintió que se le encogía el corazón. Jamás había podido imaginar tales destrozos. El humo negro de las refinerías envolvían el puerto y, en muchos kilómetros, los almacenes y los muelles aparecían cubiertos en llamas. En el cielo, los "stukas" evolucionaban y las bombas caían con ruido estridente. De pronto, una rociada cayó cerca del muelle próximo y se elevaron al cielo surtidores de hormigón y espuma.
- Nos dan la bienvenida a Dunkerque - dijo.
Cuando desembarcó Tennant eran exactamente las seis de la tarde. Rápidamente se hizo cargo de la situación. Era espantosa. Desde hacía cuatro días no había una gota de agua en la ciudad. Sólo quedaba un enlace telefónico con Londres. A consecuencia de un error en la interpretación de las órdenes, un centenar de ametralladoras pesadas de la Defensa Antiaérea fue destruido, dejando a la ciudad casi sin defensa contra los aviones, que solamente en la jornada de aquel lunes habían lanzado 30.000 bombas incendiarias y 15.000 bombas explosivas. Las 46 hectáreas de dársenas y los 8 kilómetros de muelles eran escombros y bajo las ruinas de la ciudad, yacían 1.000 cadáveres de hombres, mujeres y niños.