jueves, 19 de abril de 2012

La epopeya de Narvik

Mientras una tragedia sin precedentes se abatía sobre el frente Oeste, la Legión Extranjera realizaba una acción de guerra extraordinaria en Noruega. Pierre Olivier Lapie, entonces capitán de la Legión, tomó parte en este glorioso combate, a las órdenes del famoso coronel Magrin, el futuro general Monclar. 


El 28 de mayo de 1940, a la hora 0, se desencadenó el ataque. Al mismo tiempo, el crucero británico "Fame" y otros buques hicieron su aparición en el fiordo. El "Fame" cañoneó los túneles y los puntos estratégicos. Las dos baterías de artillería colonial de la cota 145 revelaron su emplazamiento al abrir fuego sobre las cercanías del lugar del desembarco. La batería noruega hizo otro tanto. Los alemanes contestaron. Las piezas móviles, sobre plataformas, que estaban en los túneles, salían al exterior y disparaban. Unos cañones del 77 cuyos emplazamiento creíamos haber descubierto, pero que sin duda fueron cambiados de sitio, tiraban con eficacia. Los legionarios tendrían que pasar bajo estos fuegos. El sol ya caído proyectaba las sombras de las colinas de Ojord sobre la orilla que íbamos a atacar. Se hubiera dicho que la sombra asaltaba las montañas de enfrente, cuyas cumbres nevadas se teñían de rosa. 

Narvik - Segunda Guerra Mundial
Noruega constituía una posición clave en todos los aspectos y los aliados no podían abandonarla a su suerte. El 10 de abril, cinco contratorpederos británicos atacaron el puerto de Narvik, donde acababan de fondear cinco buques de guerra y varios cargueros alemanes. La operación, coronada con éxito, como se muestra en la fotografía, fue por completada por una nueva el día 13.

Los legionarios embarcaban. Había dos puntos de salida. Uno, el más próximo y el más expuesto, era Ojord, completamente a la vista del enemigo. El otro, el puertecillo de Seynes, en el cual se habían instalado unas baterías con instalación telemétrica, estaba protegido por la propia península. 

En cuanto se divisó la formación de barcos armados y barcas de Ojord, las baterías alemanas del 77 la tomaron por blanco. Los soldados ocultos en los bosques, en las rocas, sin hacer caso de los proyectiles, subían a los barcos entusiasmados por la perspectiva del próximo ataque. El capitán Guillemin, con algunos hombres, a pesar de estar protegido por una roca cerca del puerto, fue muerto, igual que sus compañeros. Hubo un momento de dificultad, pues la ambulacia, que no había sido prevista para el embarque, estaba muy alejada, sin que ello causara retraso en las salidas de las compañías del primer batallón. Bajo el fuego de los cañones, los barcos avanzaron hacia la punta de Orneset, exactamente frente a Ojord. Se les veía acercarse, virar. Se oía el crepitar de las ametralladoras. Pero los hombres desembarcaban. Nuestros informes nos habían prevenido contra los alambres de espino que protegían las rocas de la playa, mas la barrera no debía constituir un gran obstáculo, pues veíamos a nuestros hombres saltar de los barcos y correr hasta el lindero del bosque. Allí se les perdía de vista; a aquella distancia, en la claridad de la noche boreal, las ligeras ramas de los abedules, ya con hojas, nos ocultaban sus movimientos. El coronel Magrin, plantado en el observatorio de la artillería, seguía haciendo bombardear la cumbre de Orneset. "Hasta que nuestros hombres hayan llegado a ella", decía. Los desembarcos continuaban. La batería del 77 que había bombardeado Ojard con tanta precisión había enmudecido. Ahora otra batería alemana hacía pasar sus proyectiles por encima del puerto, bien para bombardear el observatorio, bien para bombardear el puerto de Seynes. Pero de pronto, frente a nosotros, sobre la colina de Orneset, estalló un cohete: los legionarios la habían conquistado. 

-Objetivo alcanzado. ¡Vamos allá! -dijo el coronel.

"Están tirando sobre nosotros", nos indicó un segundo cohete. 

Se reajustó el tiro.

La cabeza de puente estaba establecida. Ahora había que ensancharla para organizar una base de partida sólida y enviar hombres, armas y material en abundancia. No teníamos tiempo que perder. El transbordo debía estar terminado a las tres de la mañana. En realidad no pudo hacerse así.

El coronel había decidido trasladarse a Orneset en cuanto el objetivo se conquistase, sin esperar al resto del batallón. Su misión principal, que consistía en dirigir el apoyo de la artillería, había terminado. Ahora que el combate de la infantería iba a empezar quería estar presente. 

Pero nuestra salida no pudo realizarse sin dificultades. Cuando el coronel y yo descendíamos del observatorio en automóvil, un atasco causado por la avería de un vehículo nos retrasó, a pesar de que el coronel, para animar al chófer, le repetía: "Este es precisamente el punto batido por las baterías del setenta y siete." Para mayor ridículo, llegamos al muelle de Ojord a tiempo para ver que el último barco se marchaba ante nuestras narices. Tuvimos que ir hasta Seynes para embarcar. Por fin llegamos a la orilla de Orneset. Allí pude darme cuenta de la clase de juerga que debía haber sido el desembarco. En aquella playa de guijarros cuadrados y pizarras grises los alemanes habían empezado, efectivamente, a colocar alambradas de espino, pero el trabajo no había sido terminado. Algo más lejos, la colina de Orneset se alzaba a 80 metros de altura, llena de piedras, entre las cuales crecían hierbajos, líquenes y abedules. El fuego de fusilería era abundante. Se oían silbar las balas. 

Después de ordenar a los hombres de su puesto de mando provisional que se pusiesen al abrigo de una roca desde la cual se veía Narvik, el coronel siguió adelante. El jefe de Estado Mayor, que convalecía con dificultad de una crisis de paludismo, me preguntó:

-¿Tiene usted leche?

Yo tenía alguna en un pequeño termo. La repartimos. El comandante bebió su té con leche y abrió su cartera de mano. Se puso tranquilamente a transmitir órdenes, a clasificar papeles, a comprobar sus anotaciones. 

-¿Donde está Loche? -preguntó.

Loche era su ordenanza. Alto y lánguido, le llenaba de atenciones. Era peluquero de señoras en una gran peluquería de París y cuidaba mucho su aspecto personal, su cutis, sus manos. Hablaba francés impecable, algo rebuscado, y no decía palabrotas. Todo esto resultaba raro en la Legión donde se hablaban todas las lenguas de la tierra traducidas a un francés aproximativo. Loche llegó, apacible, y dijo:

-Mi comandante, es la hora de tomar su pastilla. Su esposa me lo ha encargado mucho. "Loche -me dijo-, no te separarás de mi marido y me escribirás regularmente." Precisamente ahora dispongo de un momento y voy a hacerlo. 

-Espera a la noche, Loche. Cuando hayamos tomado Narvik. 

-No, no. Voy a enviar la carta con uno de mis camaradas que regresa en el barco de las municiones. 

Las balas silbaban alrededor de Loche, que escribía su carta a la señora Cazeaux, describiéndole con frases ampulosas la crisis de paludismo de su esposo. Hacia el sur, la colina se terminaba en unos acantilados que daban a una playa: la playa de Narvik. A lo lejos se divisaban unas casas al borde del agua y algunos merenderos próximos al muelle; un torrente se precipitaba alegremente en el mar. Detrás de las colinas que protegen Narvik de los vientos del norte y del oeste se perfilaban las cotas 79 y 102, cubiertas de árboles. La ciudad, con sus casas cuadradas de madera de todos los colores, descendía hacia el puerto invisible en el fiord de Beis. Una parte de la ciudad quedaba oculta a nuestros ojos. Hacía mucho calor. Uno se imaginaba la animación de este pareje en tiempo normal: chicos y chicas rubios nadando, bailando en los merenderos y cogiendo arándanos en el bosque. Ahora, en lugar de ello, un carro de asalto acababa de desembarcar cerca del trampolín. Avanzó dando tumbos, luego se detuvo, su motor rugió y ya no pudo proseguir. Medio hundido en la arcilla, le fue imposible desatascarse. La verdad es que los tanques no tenían suerte en Noruega. El primero, en el desembarco de Harstadt, se había caído al agua, pero el oficial que iba dentro tuvo la suficiente presencia de ánimo para dejar que el agua penetrase y de este modo abrir la puerta y salir (había varios metros de profundidad). Ahora quedaban dos hombres en el interior del carro de asalto averiado, cociéndose al sol, lejos de cualquier posible apoyo de la infantería y sin ningún medio de comunicar con el exterio. Sin embargo, como habían desembarco en la desembocadura del torrente, en un sitio poco descubierto, era posible que el enemigo no los hubiese visto. 

Cazadores alpinos - Segunda Guerra Mundial
En ruta hacia Noruega... Tres batallones de cazadores alpinos fueron lanzados al combate, el 20 de abril de 1940, junto a una brigada inglesa; con ella resistieron en Namsos hasta el 2 de mayo.

Mientras tanto, el embarque en Seynes se efectuaba con una lentitud desesperante. No teníamos más que un batallón de la Legión y además incompleto; un batallón noruego acababa de llegar a la cabeza de puente ensanchada. La aviación de caza inglesa, esperada con impaciencia, había aparecido el día anterior. Nos protegió eficazmente desde las 8 de la tarde a las 3 de la mañana. A esta hora, si todo hubiera ido normalmente, el transporte de tropas debía haberse terminado. Cesó entonces en su vigilancia, a pesar de que el embarque no terminó hasta las 5 de la tarde. 

En cambio, los aviones alemanes empezaron a llegar. Bombardearon los barcos de transporte, y los buques de guerra, hicieron blanco en el buque almirante, detuvieron los barcos de vapor y ametrallaron nuestras primeras líneas.

Allí la situación no era buena e iba a empeorar. Hacia el este, la colina de Orneset se terminaba en una depresión que conducía a la vía de ferrocarril que recorre la costa del fiord Rombaken. Al otro lado de la vía asciende una cuesta sembrada de rocas, entre las que crecen algunos árboles, la cual constituye la escarpadura de la meseta 457. Los alemanes que corrían el peligro de quedarse encerrados en Narvik no tenían más salida que esta vía férrea. La carretera del fiordo de Beis no llevaba a ningún sitio que les conviniese. No tenían más remedio que pasar por la meseta, habida cuenta de que la escarpura y nuestros disparos hacían impracticables entre la vía y el mar. La meseta, en cambio, no estaba cubierta por nuestro fuego. Los alemanes, por lo tanto, debían defender su acceso a toda costa. Lo hicieron con mucha habilidad. Los legionarios combatían desde medianoche; habían escalado y tomado el Orneset; ahora subían al asalto por las cuestas de la meseta 457. Encontraron resistencia en todas partes. Aunque aliviados del peso de sus mochilas, jadeaban, sudaban, estaban sedientos y no tenían nada que beber; con el sol en los ojos, avanzaban contra un enemigo situado en posición dominante que les hostigaba detrás de cada roca. Los noruegos, aunque conservaron sus mochilas y transportaron ágilmente sus armas y sus ametralladoras, les parecían un poco lentos a nuestros legionarios. "Se duermen sobre sus ametralladoras." La verdad es que se esforzaban por hacerlo bien, como unos buenos estudiantes, intimidados ante la idea de combatir al lado de la Legión. 

Las cuestas de la meseta 457 se alzaban ante nosotros amenazadoras. El ataque de los aviones había hecho vacilar a los soldados que acusaban fatiga. Los alemanes se aprovecharon para infiltrarse. Luego contraatacaron, lanzándose sobre los noruegos. La maniobra les salió bien. Mientras algunos de nuestros elementos coronaban casi las primeras crestas, los alemanes abrían una brecha abajo, cerca de la vía del ferrocarril y de la depresión que conduce a Orneset; sus ametralladoras se aproximaban peligrosamente. Iban a copar las compañías que subían por las cuestas de la playa de desembarco de Orneset. Incluso habían ya enfilado el sitio donde habíamos desembarcado. Duff, el oficial inglés de enlace -que acababa de salvar dos hombres en un barco de municiones que había estallado-, desplazaba hacia el oeste el punto de llegada de los barcos y pedía que se cubriese su desembarco del lado de la playa donde el tanque seguía atascado. El comandante París, con sus informes para el general, se alejaba, de pie sobre un barco blindado.

-Túmbese -le dijo el oficial de a bordo cerrando la casamata. 

-No hay peligro. Avance. Vengo de allí. 

En aquel preciso momento una ráfaga de ametralladora le derribó. 

Se instaló un grupo de ametralladoras cerca del comandante Cazeaux para proteger el desembarco de un ataque eventual procedente de la playa. Hubert, su secretario mecanógrafo, había encontrado mermelada y carne en conserva en la intendencia alemana.

Cazadores alpinos - Segunda Guerra Mundial
Cazadores alpinos vigilando un fiordo. Dos de los batallones de la Legión extranjera tuvieron un papel importante en la batalla de Narvik, juntamente con tropas polacas y noruegas.

-Tal vez era este pobre tipo el que se la estaba comiendo -dijo, señalando a un soldado alemán de infantería de marina caído boca arriba y empalidecido por la muerte. 

Luego se puso a escribir a máquina con sus dedos pringosos de confitura, bajo la mirada apacible del comandante Cazeaux.

-La cosa va mal -me dijo con el mismo tono con que me podría haber dicho: hace buen tiempo-. Acaban de dar fusiles ametralladores a los secretarios. A propósito, el coronel le llama. 

-Me estaban ocupando de las municiones -dije-. Creo que van a hacer falta, pues el barco que las traía acaba de explotar. No se lo diga a los hombres. 

-Naturalmente. 

El coronel estaba magnífico. En lo alto de la colina, a pleno sol, recién afeitado y frente al enemigo, con sus condecoraciones rutilantes, su flamante cinturón, sus gafas de esquiador levantadas sobre el casco para poder seguir con los gemelos el reflujo de sus tropas, tenía una lucidez increíble.

Una roca lisa le servía de pupitre.

-¡Malditos noruegos! -rugía el comandante Boyer-Resses.

-No todo el mundo se está batiendo desde hace veinticinco años -dijo el coronel.

Boter-Resses le miró sin comprender.

-Sí; tú y yo luchamos contra los alemanes en mil novecientos catorce; hace ya, por lo tanto, veinticinco años. Esos críos luchan desde hace veinte minutos nada más. Pero yo te digo que si seguimos la guerra aquí, dentro de veinte días serán unos soldados excelentes. ¡Ah! ¿Está usted ahí? -me dijo-. Mi secretario acaba de ser herido cuando escribía mi orden. Tómela. ¿Y las municiones?

Le di el resultado de mis gestiones. En aquel momento, la artillería colonial, queriendo ayudarnos, disparó sobre las cuestas de la meseta 457, pero los proyectiles cayeron sobre nuestras tropas. Se oyó un clamoreo.

.¡Que tiren un cohete esos idiotas!

El capitán del "Fame", viendo que las cosas se ponían mal, se puso a disparar también al mismo sitio. Nuevos gritos.

-¿Dónde está Duff? -preguntó el coronel.

-Está tratando de desplazar el sitio de desembarco. Nos ametrallan en la primera playa.

-¡Vaya a arreglar eso con el "Fame" y con él!

-Sí, mi coronel.

-Y comunique la orden de contraatacar.

Cuerpo expedicionario francés - Segunda Guerra Mundial
"La ruta del hierro ha sido cortada", había afirmado el presidente Paul Reynaud. Este era, por lo menos, uno de los objetivos principales de la guerra de Noruega. Mientras tanto, estos soldados del cuerpo expedicionario francés vigilan la vía férrea que conduce a Narvik.


ORDEN

7 h 10. La situación es la siguiente:

1.º La cima de la cota 457 no fue ocupada por el batallón noruego Ilmo. Los alemanes se instalaron en ella, contraatacaron y han tomado la parte sureste de la cabeza de puente.

El batallón noruego ha cedido el barranco entre la colina Orneset y los contrafuertes de la cota 457.

2.º El 1/13 y los elementos del batallón 2/13 reconstituirán la cabeza de puente:

a) El primer batallón ocupará el lado este de la cabeza de puente, incluida la parte sur perdida.

b) El 2/13, ocupará la parte oeste de la colina Orneset con dos secciones y constituirá una reserva de batallón.

c) El batallón noruego cuyos elementos constituyen la parte sur en contacto con la 2.ª compañía se organizará en formación articulada.

Se pide que esta reorganización sea hecha por los oficiales generales y superiores que se encuentran en la posición.

3.º Una vez restablecida la cabeza de puente, el objetivo consistirá en reconquistar la cota 457 e instalar en ella al batallón noruego para que continúe su movimiento.

4.º Mientras tanto, la artillería naval deberá disparar sobre la cota 457.

Firmado: El teniente coronel al mando de la 13.ª media brigada: Magrin.

Esta era la orden. Por los ojos de los oficiales presentes pasó un reflejo de asombro. La orden parecía inverosímil. Que una tropa agotada por el calor, la sed, la escalada y la lucha, hostigada por el enemigo, reculando ante él, bombardeada incluso por los suyos, sin reservas y casi sin municiones se pusiese a contraatacar, era algo inconcebible.

Bajé dando saltos entre las rocas. Había heridos que esperaban, mezclados con los prisioneros. Los noruegos llevaban uniformes verde manzana y los alemanes habían copiado este uniforme. Encontré al ayudante Vincent, el secretario del coronel, en una camilla, cerca del mar.

-Dígale adiós a mi coronel, mi teniente. ¡Menos mal que esto no le ha ocurrido a él!

Vincent había seguido toda la vida al coronel y había ido a reunirse con él voluntariamente. Duff, con el agua hasta la cintura, dirigía la descarga de una lancha blindada. No escurría el bulto y él mismo manejaba con energía las cajas de granadas. Una hilera de prisioneros y legionarios se las pasaba de mano en mano. Le enseñé los sitios que había que bombardear.

-Ahí no es posible con el cañón marino -me dijo-, pero allí se podrá hacer algo.

El contraataque iba bien. La Legión arrastraba a los noruegos. Las dos tropas conjuntas obligaban a los alemanes a retroceder. Llegaban más municiones. El transporte se había reanudado y el ir y venir se organizaba. A poco el comandante Boyer-Resses apareció sobre la meseta, como un gigante de las montañas. Se renunció a la idea primitiva de hacer subir a los noruegos a la cota 457 para lanzarlos sobre el suroeste de Narvik. Volvieron a bajar, por lo tanto, al sur de Orneset, se reagruparon en el torrente y penetraron en la ciudad por el barrio que se extendía hasta la playa de Taraldsvik. No tuvieron que hacer la limpieza de la ciudad; los habitantes les informaron en seguida que los alemanes se habían marchado.

El 2º batallón, que por fin había desembarcado, ocupo una tras otra, las crestas 79 y 102, que dominaban Toraldsvik.

-Le voy a dar una sorpresa -dijo el capitán Ponthieu al coronel-. Me ordenó usted tomar la cota setenta y nueve, pero he tomado también la ciento dos.

-¡Mecachis! -dijo el coronel-. ¡Yo entonces no he hecho hoy nada! ¡Lapie, venga usted!

Y por entre las rocas bajó a Narvik; encontró un automóvil y lo requisó para dirigirse al otro extremo de la ciudad; bajamos y nos lanzamos por entre la maleza que descendía hacia el fiordo de Beis. Un paisano noruego nos acompañaba. De pronto, entre los matorrales vislumbramos unos uniformes verdosos. El coronel, que generalmente cojeaba y andaba con lentitud a causa de sus antiguas heridas, echó a correr con una rapidez inesperada. Entonces surgieron unos brazos verdes de entre los matorrales: "¡Norge! ¡Norge!" Eran soldados noruegos que llevaban de paseo a sus amiguitas. El guía nos indicó el emplazamiento de los cañones; la mayor parte se desmontaron antes de abandonarlos. Al llegar frente a Ankeness, en la extremidad del cabo de Lygte, el coronel exclamó:

-¡Pero en este país no pasa nada! ¡Y decir que pretendían quitarme una compañía para ayudar a estas gentes! ¡Ni un disparo!

En el emplazamiento de un campamento abandonado encontramos una bandera con la cruz gamada; nos la llevamos como recuerdo. De regreso por la orilla del mar vimos un torpedero inglés, vigilando la costa.

Al volver a la ciudad, el coronel dio la orden al 2.º batallón de ocupar también Fagerness. Lygte, donde habíamos estado, era uno de los extremos del puerto de Narvik. Fagerness era el otro. Así, después de una presión de los polacos sobre Ankeness, si los alemanes pretendían cruzar el fiordo para tomar el camino de Beis, serían bien recibidos. Al mismo tiempo la ciudad de Narvik quedaba bien resguardada desde tres puntos principales en el caso poco probable de que hubieran quedado alemanes dentro y se concedía a los noruego el honor, bien natural, de que fuesen ellos quienes quedasen de guarnición en su ciudad.

Pero la Legión sostenía allí un combate por el honor. En todas partes el frente aliado se había roto. Después del terrible bombardeo a que fue sometido Namsos el 30 de abril (cuyos destrozos pueden apreciarse en la fotografía), los primeros contingentes aliados comienzan a repatriarse a Inglaterra. Desde los primeros días de junio, toda Noruega queda bajo el dominio alemán.

-Usted es el jefe de la plaza -dijo el coronel al sargento mayor noruego-, y en todo lo referente al gobierno de la ciudad estoy bajo sus órdenes.

Los ciudadanos estaban a la puerta de sus casas, con sus trajes de verano (la mayoría de las mujeres llevaban pantalones de franela gris), sonrientes pero silenciosos; se asombraban de que les hubiésemos liberado, y aunque hacía más de un mes que todos los días se les hablaba de ello. La bandera francesa fue izada al lado de la noruega.

-¿Qué quiere usted que les demos? -preguntó un hombre que hablaba un poco de inglés.

-Algo de comer -dijo el coronel-, y si fuera posible algo crudo, fresco. Fruta, una ensalada.

El noruego hizo un gesto desolado. No tenían nada parecido.

-Entonces, anchoas, confitura de arándanos y pan.

Hicimos una cena excelente con las anchoas y los arándanos untados sobre rebanadas de pan tierno que no habíamos comido desde hacía más de quince días. Las anchoas nos dieron una sed terrible, y como no tenían vino ni cerveza del país, nos trajeron agua, pues desde la mañana no habíamos bebido nada. Y a los pocos días, una de las autoridades de la ciudad, muy ceremoniosamente, regaló a la Legión tres botellas de coñac; las últimas que quedaban en Narvik; apreciamos vivamente el obsequio.

Estos detalles dan idea de la espontánea amabilidad con que nos acogían estas gentes que tenían escasez y nos daban cuanto poseían. Además, y por si fuera poco, tuvimos que bombardearles. Sin embargo, la mayoría nos ofrecían sus casas y se desolaban cuando nos negábamos a aceptar su hospitalidad.

-Nos quedamos en Orneset -dijo-. La guerra no se ha terminado porque hayamos tomado Narvik.

Algunos días más tarde, una delegación nos trajo un banderín rojo y verde de la Legión extranjera en el que estaban bordadas las armas de Narvik y estas palabras: "13.ª media brigada de maniobra de la Legión extranjera. Bjerkvik y Narvik." Este banderín reemplazaba el que nos diera el coronel Brillat-Savarin, quemado en el bombardeo del puesto de mando del coronel en Bjerkvik.

La Legión se apuntaba así su primera victoria.

Fuente:
Pierre-Olivier Lapie.

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