miércoles, 18 de abril de 2012

La "Drôle de guerre"

En su libro "Las cruces de Madera", Roland Dorgelès retrató inmarcesiblemente los rostros impresionantes de los "poilus" de 1914-1918. En el mes de septiembre de 1939, como corresponsal de prensa, sale para el frente y visita la línea Maginot, orgullo de nuestros estrategas y garantía de confianza para la nación. Pero esta "drôle de guerre", como la bautizó en su primer reportaje, no se parece en nada a la que había conocido anteriormente en las trincheras.


Es un privilegio singular el de bautizar una guerra; sin embargo, yo no había pensado hacerlo.

Cuando en octubre de 1939, al regresar de hacer un reportaje sobre las avanzadas en Lorena, puse a mi artículo el título de "Drôle de guerre" no sospechaba la resonancia que la ocurrencia iba a tener, pero expresaba tan bien los sentimientos todavía confusos de la opinión pública y de los propios combatientes, que pasó inmediatamente a formar parte del vocabulario y no tardó en hacerse historia.

Efectivamente, aquella guerra "drôle". No en el sentido de divertida -donde hay muerte no hay alegría-, sino en el de rara, de sorprendente, sobre todo a ojos de los que habían hecho la guerra anterior.

Cuando fui al frente, desde el primer instante me había asombrado la calma que reinaba en él. Los artilleros del Rhin miraban, con los brazos cruzados, los convoyes alemanes de municiones circular por la orilla opuesta, y nuestros aviones -sin arrojar bombas- sobrevolaban las fábricas del Sarre, con todos sus hornos llameantes; ostensiblemente, la preocupación esencial del alto mando parecía consistir en no provocar al enemigo. ¿Esperaba tal vez con esta actitud pacífica atraer a los neutrales, decidir a los Estados Unidos a intervenir, obligar a la Unión Soviética a romper con Alemania, forzando a ésta a reanudar las negociaciones? Sea cual fuera el motivo, nuestras tropas permanecían con las armas inactivas; sólo los valientes muchachos de las guerrillas, que desconocían lo que pasaba entre los bastidores de la diplomacia, tenían derecho a combatir y, eventualmente, a dejarse matar.

El rancho - Segunda Guerra Mundial
¡El rancho! La cocina ambulante acaba de llegar. ¿Estamos realmente en 1939, al principio de la guerra más feroz de la historia? El enemigo permanece invisible, y los soldados matan el tiempo.

La verdad era que la mayoría de los movilizados no habían comprendido los motivos de esta guerra y no discernían claramente sus objetivos. Veinticinco años antes se les había dicho a sus padres: "Hay que liberar Alsacia-Lorena", y todos se habían movilizado con ardor. Esta vez, para inflamarles, se invocaba el nombre de Dantzig; pero Dantzig estaba muy lejos y, por lo tanto, habían marchado a la guerra sin entusiasmo. Desde el primer día, una comparación se impuso: en agosto de 1914 habían empujones en las oficinas de reclutamiento para alistarse; en septiembre de 1939, los escasos voluntarios no hicieron cola.

Fue el general Gamelin en persona el que, a pesar de la hostilidad de los que le rodeaban, había decidido admitir en el frente un cierto número de corresponsales independientes en vez de encargar la información, como 1914-1918, a una sección militarizada. Al notar que estaba bien dispuesto en nuestro favor, nos aprovechamos para pedir una suavización del estatuto que se nos fijaba. Las autoridades militares querían prohibirnos el acceso a las líneas avanzadas, es decir, obligarnos a redactar nuestros artículos basándonos en datos de segunda mano; no lo podíamos acepta.

- ¡Es imposible! - protestábamos a coro-. Si se quiere que demos a los lectores de la retaguardia noticias del frente, hace falta por lo menos que se nos permita ir. ¡Se trata de una cuestión de conciencia profesional!

El general en jefe acabó por dejarse convencer y se convino que podríamos llegar hasta los estados mayores de división. Esto era ya un primer escalón; a nosotros nos correspondía arreglárnoslas después para subir los restantes.

Caminos de la guerra...

Los mismos de antaño. Desiertos durante leguas y leguas, y de pronto abarrotados de convoyes, de bestias de tiro, de camiones camuflados y de regimientos en marcha, con la cocina de campaña humeando y la ambulancia traqueteante, en cuya parte trasera se sienta algún lisiado con las piernas colgando.

Una fila de motocicletas surge como una "mehala"que corriese a la pólvora, con sus jinetes con cascos y acostados sobre el manillar, sin chilabas ni gritos, levantando barro en lugar de polvo, mientras el fuego de fusilería de sus motores irritados crepita bajo la llovizna de Lorena. Rozan las cureñas, bordean los obstáculos, enderezan bruscamente sus monturas y prosiguen su marcha a todo gas. Ya han pasado, y se oyen sus relinchos a lo lejos.

El silencio renace, turbado apenas por las pisadas de un batallón que se dirige al frente. Hemos traspasado sin darnos cuenta la invisible frontera que separa la zona civil de la zona militarizada. Aquí, hasta los mismos pastores llevan sus pantorrillas militarmente cubiertas de bandas para llevar a la retaguardia el ganado enflaquecido de la zona evacuada. El cartero, convertido en sargento, lleva galones, y el picapedrero tiene a su lado su máscara antigás.

Ya no hay pueblos; sólo acantonamientos. Por la calle mayor los paseantes llevan gorros de policía. La gente se lava en el abrevadero; las oficinas de la compañía están instaladas en el presbiterio, y para reemplazar la farmacia, una bandera con la cruz roja ondea en la alcaldía.

"Mi Retiro", he leído en la placa de un pequeño chalet. Pero el "retirado" ya no se marchó, dejando su jardín, sin flores, a unos soldados con ametralladoras, que juegan en él al chito; sus camisas están puestas a secar en la ventana de la sala.

Alrededor, los campos parecen abandonados. Sólo un arado, cuya mancera empuña un anciano, se obstina en seguir trazando su surco. El viejo, por la fuerza de la costumbre, ha empezado las labores de otoño; tal vez sean los obuses quienes terminen su labor.

En el cruce siguiente, un soldado, convertido en guardia de la circulación, blande una porra blanca. "Todo derecho, Thionville... A la izquierda, Hayange." En una dirección avanzan unos autobuses vacíos, pintarrajeados de verde y ocre, como si se hubieran revolcado en la hierba; en la otra, unos camiones cubiertos de ramaje, que parece que van a la fiesta de la recolección.

Aunque no hubiera sabido nada, me habría orientado sin recurrir a las flechas negras pintadas en las paredes:

- ¡El frente es por ahí!

Es imposible equivocarse. Todos los hombres afluyen hacia él, como la sangre al corazón.

Tumbado sobre el volante, les miro y creo reconocerlos. Casi sería capaz de llamarlos por sus nombres, de tutearlos. Ahora llevan uniformes del color del otoño en lugar de los capotes que nosotros llevamos, del color del verano; pero son los mismos: soldados de ayer, soldados de mañana, soldados de siempre, con muchos kilómetros en las piernas y muchas esperanza en los ojos.

Su juventud es lo que más me conmueve. ¡Cómo se da uno cuenta del paso de los años ante esas mejillas frescas y esas miradas decididas! Ni siquiera la barba acollarada consigue envejecerlos. Esa barba primeriza que se dejan crecer, tal vez para tener aspecto de "poilus".

-Y no son mas que niños - había susurrado el general que hace un momento nos hablaba de ellos.

Pequeños campesinos, que se sonrojan de todo, y estudiantes recién ingresados en la Universidad, que vienen a la guerra como a un examen. Me recuerdan la frase de aquel coronel que al ver aterrizar a Guynemer después de su primera victoria exclamó:

-¡No hay como los niños para hacer la guerra!

La guerra, los niños... ¡Cuánta cruel injusticia en esas dos palabras, eternamente emparejadas!

Un viento húmedo afila los rostros. Los hombres, encorvados por el peso de su impedimenta, avanzan contra la borrasca con el casco echado sobre los ojos, semejantes a sirgadores inclinados por el esfuerzo.

Si avanzasen en dirección contraria, la etapa parecería más corta; pero van al combate por primera vez, procedentes de un pueblo de Lorena donde han estado jugando a la vendimia, y se le hace a uno cuesta arriba manejar el fusil ametrallador obedeciendo al silbato cuando sólo se ha hecho el trabajo de llevar unos cestos de uvas. Sobre todo con este tiempo endemoniado. Desde que salieron, antes del alba, la lluvia no ha cesado de caer. Una llovizna tenaz, agitada por ráfagas que aplastan los faldones del capote contra los muslos y le hace a uno resbalar en la calzada lustrosa.

-¿Falta aún mucho? -pregunta una voz que surge de las filas.

-¿Es que tienes prisa?

El interpelado no contesta. Sacude los hombros para reajustarse la mochila y vuelve a sumirse en su soledad entre la tropa en marcha.

Prisa... no tanta, claro. Se estaba mejor en la viña, con el carro rebosante de risas de muchachas, una botella de tinto a la hora del almuerzo y paja fresca para dormir. ¿Piensan acaso en la vendimia estos soldados silenciosos de la columna que voy dejando atrás? Quisiera sorprender una mirada, comprender una palabra; pero la visera oculta sus ojos y el viento amordaza sus bocas. Son unos desconocidos; cada uno marcha con su secreto.

-Qué, ¿un poco nervioso? -pregunto a un soldado alto y delgado, con la nariz enrojecida, que se ha parado para atarse las vendas de las pantorrillas.

Me mira con gesto sorprendido, como si no comprendiese lo absurdo de semejante pregunta.

-¿Por qué he de estar nervioso? No hay motivo...

A veces es preferible no tener recuerdo... Ayer noche, en la granja donde los encontré, reían a carcajadas proyectando unas emboscadas infantiles, y la idea de llegar a la frontera, donde el enemigo les espera agazapado en la niebla, les preocupa seguramente menos que a mí.

Todos tienen la sensación de que "esto" todavía no es la guerra. La guerra verdadera, la terrible, la que sus padres les han contado y cuyos relatos han leído. Se lanzan a ésta como a un juego arriesgado de astucia, con la convicción de que todos volverán.

-Buena suerte, muchachos...

En resumen, la cosa no iría mal si no fuese por el fango donde se chapotea. Pero ¿quién puede tener ganas de bromear cuando el agua que chorrea del casco se le mete por el cuello? Los que avanzan al borde de la cuneta se hunden hasta los tobillos, y las baterías que regresan del frente, como ocupan la mitad de la carretera, les obligan continuamente a estrechar las filas. También los servidores de las baterías tienen extrañas siluetas, con sus pelerinas que hincha la tempestad. Cuando se ponen de pie en la parte delantera de los armones, se diría que agitan las alas, y los que les siguen a pie parecen pastores.

En los prados esponjosos, en todas partes, aflora el agua. El menor arroyuelo se desborda formando marjales, que el viento riza. Y no para la cosa aquí. El cielo, allá en el horizonte, arrastra nuevas nubes preñadas de lluvia.

-Hace un tiempo como para que no pueda dormir fuera ni un tanque -bromea el teniente de artillería que me lleva en su moto.

Sin visibilidad no es posible encontrar un punto de referencia, y los alemanes han tardado varios días antes de decidirse a lanzar sus divisiones por esas colinas boscosas, ya abandonadas por nuestros soldados.

-En nuestro sector sólo habíamos dejado una batería ambulante que no paraba de meter ruido, disparando una ráfaga y corriendo después rápidamente a otro sitio. La cantidad de municiones que han podido gastar los de enfrente sólo para tronchar ramas no se lo pueden ni imaginar.

La infantería también se había retirado, dejando solamente grupos aislados de vigilancia aquí y allá, encargados de batir la llanura cuando llegase el momento, a pesar de lo cual el avance de los "feldgrau" no ha sido fácil. Tanto más cuanto que a sus propias minas abandonadas sobre el terreno se habían agregado otras en las pistas que debían recorrer.

-A pillo, pillo y medio, ¿verdad? Nuestros ingenieros conocen también todas las triquiñuelas...

Mi compañero sólo lleva tres semanas en el frente, pero ya se considera un veterano. Me informa sobre las nuevas granadas alemanas y el tiempo que dejan para evitarlas, según sea su calibre.

-Ya lo verá. Se acostumbra uno pronto.
-Gracias. No se me había olvidado...

Las hojas revolotean a nuestro alrededor al desprenderse de los álamos amarillos.

Al llegar a una hondonada en donde el río se ha desbordado, la niebla se espesa y el regimiento avanza fantasmal. La lluvia, que ha redoblado, tamborilea sobre los cascos.

-¡Tanto mejor! -se congratula el artillero, optimista a pesar de que su capote no ha tenido tiempo de secarse desde la víspera-. Así estarán más tranquilos para llegar a sus emplazamientos.

Las trincheras no son continuas, como en la última guerra, ya que la misión de los puestos avanzados consiste únicamente en mantener el contacto y, en caso de ofensiva, retrasar al enemigo, replegándose sobre la línea Maginot. Se reemplazaron por islotes de resistencia, a menudo alejados unos de otros -aquí una casa fortificada, más allá un simple agujero rodeado de alambre de espino-, que se comunican entre sí por medio de patrullas. La vigilancia de sus ocupantes no debe aflojarse nunca.

-¡Ah, es una "drôle de guerre"! -explica alegremente mi compañero-. Todos tratan de pillar a su vecino por la espalda. Un verdadero juego del escondite. Todos los días se entablan combates casi a bocajarro. También son tenaces los del uniforme verdoso y no se les pone fácilmente en fuga. La otra mañana, cerca de aquí, han llegado hasta un blocao, desde donde disparaba un fusil ametrallador y, por la tronera, el más audaz ha tirado una granada de mano que estalló dentro del refugio. Desde luego, el que lo hizo ya no volverá a matar a nadie más. Pero el sargento de fusileros ametralladores está hoy en el hospital, con las manos destrozadas, y no será a él al que se le pueda ir con el cuento de que no todos los Ottos y los Fritz son iguales y sólo son feroces los que llevan la crucecita negra. Tal vez no fuese nazi el que tiró la granada. Era alemán. Todos vienen a ser lo mismo cuando se trata de matar.

Afortunadamente, también hay revanchas en este horrible juego. Por ejemplo, un enlace de artillería extraviado se encontró de pronto, a la orilla de un bosque, ante una patrulla que limpiaba la espesura. Si hubiese echado a correr no habría ido muy lejos. Pero en vez de perder la cabeza se escondió en un hoyo, y cuando los alemanes avanzaban hacia él disparando les contestó con su mosquetón. Entonces acudieron los de infantería, avisados por los disparos, y se encontraron con dos de los patrulleros caídos sobre la hierba y con la frente agujereada en el mismo sitio. Este último detalle es el que más llamó la atención de mi compañero.

-Le dije al muchacho: "Cuando se tiene esa puntería no se queda uno de artillero. Estás pintiparado para la infantería." Lo cual no me impidió proponerle una recompensa.

Lo que no me cuenta este muchachote, tímido hasta el rubor a pesar de su aspecto de perdonavidas, es que es mismo día ganó la Cruz de Guerra protegiendo el repliegue de los últimos cañones del 75 bajo las ráfagas que barrían el camino.

-¡Bah! No todas dan en el blanco -se excusa con modestia-. Pero la verdad es que cuando silban en los oídos, uno preferiría marcharse.

Pero se quedó...

¡Ah, si todo el ejército hubiese tenido ese entusiasmo! Desgraciadamente no era así. En las líneas, en los acantonamientos, yo les oía gruñir: "Ni siquiera sabemos por qué nos batimos... Puesto que la cosa ha terminado en Polonia, ya no hay nada que hacer... Los rusos tienen razón..." La mayoría, sin embargo, se preocupaba menos de la política que de su caso particular. La marcha en masa de los destinados a servicios especiales había provocado envidias. "¿Por qué a ese tipo, que es mecánico de garaje igual que yo, se le devuelve a la retaguardia, mientras que yo tengo que quedarme y aguantar aquí?" Cada uno tenía su motivo de queja. Me acuerdo de un feriante que con su cerrado acento de Auvernia amenazaba con desertar porque su mujer acababa de escribirle que habían requisado su camioneta. Los agricultores se desesperaban por sus campos; los viticultores, por sus viñas; uno tenía a su mujer enferma; otro, un pequeño comercio que se arruinaba. "Que nos manden otra vez a casa, ya que no hacemos nada aquí. Ya volveremos cuando sea preciso." Esta guerra inmóvil les parecía absurda y perdían el valor antes de haberlo utilizado.

Me propuse ir a sorprender en el descanso a algunos de los regimientos que se batieron más allá de la frontera y a los que había visto regresar, cansados pero alegres, por los caminos llenos de baches del frente, donde miles de botas van dejando su surco. No esperé mucho. El día de su llegada al acantonamiento me reuní con dos batallones que estaban en primera línea desde primeros de mes.

-Es una "drôle de guerre" -me dijo el comandante a su vez-. En algunos sitios me he acercado en automóvil a cien metros de los alemanes para establecer el enlace, y he regresado sin que dispararan un tiro de fusil. Bien es verdad que, por mi parte, he visto a un Fritz sentado tranquilamente en el estribo de su auto, consultando su mapa como si hubiese estado dudando si seguir hasta donde estábamos nosotros. Con una ráfaga de fusil ametrallador le hubiéramos abatido; pero me daba lástima aquel tonto, con su gorra puesta, que se creía sin duda a una legua de los "franzosen". Hicimos un disparo al aire y salió pitando...

-¿Abandonando su auto?

-Era lo menos que podía hacer, en justa correspondencia.

No hay un oficial ni un soldado que no cuente anécdotas parecidas de sus dos semanas en la frontera, y creo que, pesando todas las cosas, a pesar de los mausers y de las granadas de mano, recordarán estas semanas como unas vacaciones. Han vivido allí como en una isla abandonada, ordeñando vacas, desplumando ocas, pescando en los estanques e incluso cazando liebres con lazo.

-¡Silencio! No cuenta nada de esto sobre todo. El comandante no lo sabe.

Pero sí que lo sabía.

-No tengo las narices tapadas -me contaba más tarde-. ¡Pues no olía poco bien su dichoso guiso de liebre!

El, por su parte, habían dormido como un rey en una cama de verdad, con edredón y todo, a 500 metros de los Fritz, que no paraban de tirotear.

-¡En pijama, señor mío! ¡Y durmiendo a pierna suelta!

Ciertamente, es una "drôle de guerre". Aunque no siempre en el sentido en que suele decirse. En Creutzwald, en medio del bosque, que se han bañado en una piscina, metiéndose en las casetas en cuanto se oía el ronroneo de un avión y dispuestos, si la cosa se ponía fea, a vestirse sin ponerse la camisa, a calzarse sin los calcetines para agarrar el fusil; peor en el mismo pueblo se ha celebrado la misa ante tres ataúdes. "Drôle de guerre"...

Palomas mensajeras - Segunda Guerra Mundial
Cien mil palomas mensajeras están listas: cada una llevará un mensaje importante en el tubo de metal atado a su pata. El Ejército francés sigue confiando en estos apacibles volátiles, que rindieron grandes servicios en 1914-1918. Pero la sabiduría de las naciones se equivoca algunas veces. ¡Hay algo nuevo bajo el sol!

Afortunadamente hay conciertos.

-¡No! ¡Menuda broma! -me contó un subteniente que me había hecho entrar en un cuarto miserable, tristemente iluminado por un cirio-. No puede usted imaginarse lo que ha pasado ayer, hacia esta misma hora...

Mientras los soldados velaban ante sus aspilleras o en sus trincheras, se elevó una voz retumbante desde la orilla opuesta. Algo así como el barritar de un elefante que, al principio, les hizo precipitarse sobre sus fusiles, dispuestos a tirar.

-¡Atención! -gritaba aquella voz monstruosa-. ¡Camaradas franceses, salid de vuestros agujetos!

Pero hablaba con un acento tan horrible que los "camaradas" comprendieron en seguida. Un nuevo truco de la propaganda. Nuestros vecinos alemanes, quitando tal vez una ametralladora, habían instalado un altavoz en el pueblo rivereño, y el orador nazi hacía resonar todo el valle con su sermón atronador.

-No convirtáis a Francia en un inmenso campo de batalla- fingía sollozar la voz alemana-. No escuchéis a la pérfida Inglaterra... Tenéis los pies fríos en el barro...

-¿Y tú? -vociferó desde su trinchera un reservista de París.

El recitante, con casco y todo, prosiguió, sin embargo, su lección hasta el fin -escuchada con la boca abierta por los soldados llenos de barro, que no podían dar crédito a sus oídos- y terminó con una promesa, que llegó muy oportunamente para calmarlos cuando empezaban a gritar:

-Métete la lengua en el c...!

-Ahora, camaradas franceses, y para agradeceros la atención con que me habéis oído, vais a escuchar algunas canciones que os gustan mucho. ¡Buenas noches, amigos! ¡Hasta pronto!

Después de esta singular despedida, otra voz se elevó de pronto desde la orilla alemana. Acontecimiento inaudito: ¡Tino Rossi, a voz en grito, cantaba "Marinella" por encima de las avanzadillas!

Cada vez más asombrados, nuestros soldados escuchaban, aunque a la defensiva, preguntándose si el canto del altavoz no estaría destinado a encubrir un golpe de mano, de suerte que la romanza, cuyo rugido se oía hasta en las segundas líneas, provocaba a nuestra orilla el chasquido de los fusiles y el tintinear de las bayonetas.

"Il pleut sur la route,
Dans la nuit, j'écoute..."

Y era verdad: nunca había llovido tanto.

Después del tenorino, fue Lucienne Boyer la que surgió de las tinieblas. Con voz suspirante y amplificada mil veces habló de amor entre el crepitar de las ametralladoras, y los soldados de infantería, extasiados, hacían callar a los del cuerpo de ametralladoras para oirla mejor.

¡Ya lo creo que sí! "Drôle de guerre"... Los que han hecho las dos pueden decirlo.

El artillero, con su blusa de campaña, estaba inclinado sobre una columna de cifras bajo la cruda y fuerte luz que los muros reverberaban. A veces, dominado por la nostalgia, alzaba la vista al gráfico de los sondeos, como si mirase por la ventana.

"Cielo tres cuartos cubierto. Visibilidad: doce mil. Temperatura: once grados." En resumen, un tiempo horrible para ser domingo. Esto le daba valor para continuar.

-¿Estamos realmente en domingo? -meditaba, reanudando sus cálculos-. ¿Es de día ahí fuera? ¿Es de noche todavía?

Después de varias semanas de vida subterránea en el baluarte del Hochwald -el más importante de la línea Maginot, no lejos de Haguenau- ya no se da uno cuenta de nada. Los artilleros que corren por el túnel, haciendo resonar el cemento con sus pesadas botas, apenas saben si van a almorzar o a cenar. Cuando les llaman para su turno de guardia dejan sus jergones aún calientes a los camaradas, que bajan de las cámaras de tiro y suben a reemplazarlos sin distinguir el día de la noche. Ya no es el reloj quien regula su vida, ni el sol, sino el servicio. Tienen sus medidas propias y sus propias costumbres, lo mismo que tienen su luz especial y su clima particular. La línea Maginot somete la vida a las leyes de la mecánica.

Algunos de estos soldados no han visto la luz del día desde hace varias semanas. Se les permite, se les aconseja, se les ordena que salgan a tomar el aire; pero muchos de ellos no quieren hacer. ¿Vale la pena recorrer tres kilómetros y medio -y otro tanto al regreso- para encontrarse, al llegar a la verja, que hace un tiempo horrible? Más vale quedarse aquí, y así no se arrepentirá de nada.

El subterráneo se ha convertido en su tierra adoptiva. Se pasean por las galerías como por las calles de un pueblo; entran en la peluquería para bromear con el barbero; se sientan en la cantina ante una caña de cerveza, cuando no esperan la llegada del pequeño tren de aprovisionamiento lo mismo que los ociosos de una pequeña ciudad esperan la llegada del tren correo. En lugares donde cualquier visitante se extravía, ellos avanzan sin vacilar guiándose por el color de una señal luminosa, o por una inscripción, o por un empalme. En cada puerta conocen a alguien:

-¡Buenos días, André!

-¿Qué tal, Pierrot?

Se hace vida de vecindad entre atalaya y atalaya. El artillero fraterniza con el de infantería. En cambio, el bloque oeste no sabe nada del bloque este. Son dos ciudades y dos poblaciones totalmente distintas. Esto tiene una explicación: desde la plaza mayor de una de ellas a la estación de la otra hay cinco kilómetros. Una hora larga de marcha; esto es: la distancia del Sacré-Coeur a Montparnasse, de l'Etoile a la Halle aux vins. En vista de esto se renuncia a establecer relación. Cada parroquia tiene incluso su propio párroco: dos soldados sacerdotes, que dicen misa el domingo en los extremos del subterráneo. Los habitantes del este no se encuentran con los del oeste más que de vez en cuando, los días de salida, en la amplia galería que conduce a la luz: los Campos Elíseos del hormigón.

Trinchera - Segunda Guerra Mundial
Los trincheras de la guerra moderna tienen por objeto impedir la marcha de los tanques. Las panzerdivisionen prefieren utilizar simplemente la carretera. 

Sean de una u otra gruta, estos trogloditas hablan el mismo idioma. Por ejemplo, para designar el lugar donde viven no dicen nunca, como los de arriba, "la línea Maginot" o "el baluarte", ni siquiera "el hormigón". Dicen "el agujero". A esta profundidad no se podía encontrar mejor denominación. Es descriptivo.

-Yo -me decía un ametrallador- hace ya exactamente un año que estoy en el agujeto.

Adoptaba un aire fanfarrón, pero su orgullo era aparente, y al cabo de cinco minutos me confesaba con timidez:

-De todos modos, se hace duro...

¿Cómo es posible soportar esta perpetua sombra, esta excesiva presión atmosférica, esta humedad constante?

Los visitantes, que sólo pasan unas horas, no pueden darse cuenta. Llegan en invierno, y dicen: "Caramba, ¡que agradable!" Y es verdad. O en verano, en plena canícula: "Ah, ¡qué fresquito!" Y es igualmente exacto. Pero esta temperatura, siempre igual -una media de doce grados-, se hace pronto odiosa. Se tiene sed de aire puro, necesidad de calor, apetencia de frío, y en los más crudos días de invierno estos hombres emparedados sólo sueñan con patinar sobre el hielo y con tirarse bolas de nieve.

En el túnel flota una niebla espesa, que da a la luz tonalidades opalinas, y los charcos crecen milagrosamente en estas calles en las que nunca llueve. Extraño clima el del "agujero", en donde nada está del todo caliente, ni del todo frío, ni del todo seco, ni del todo puro.

-¡No nos compadezca; a todo se acostumbra uno! -me asegura el comandante que me guía.

Hace años que lleva esta existencia, y desde la amenaza de marzo de 1938 sólo ha salido en breves intervalos. Singular contraste, después de haber vivido el sol de África y las arenas sin límites. Los soldados y los suboficiales no llevan menos tiempo. Todos han hecho su servicio aquí; los de la reserva han venido para cumplir sus períodos de práctica; los destinados a los servicios fronterizos nunca se han alejado, y antes de instalarse definitivamente ya vivían en un campo de entrenamiento contiguo.

El 21 de agosto último fue la gran alarma. Toda la guarnición del Hochwald entró en el subterráneo y las  familias de los oficiales y suboficiales sólo dispusieron de unas horas para evacuar el pueblo próximo. Treinta kilos de equipaje, y en marcha: los autobuses no esperan. La cosa fue tan precipitada que nadie tuvo tiempo de llorar.

-No hay mal que por bien no venga -prosigue mi comandante, resueltamente optimista.

Los jefes de este baluarte y los de los restantes ponen su orgullo en parecer contentos en todo. Llevan su elegancia hasta el extremo de seguir guardando, a cien pies bajo tierra, las costumbres mundanas, y hace poco, cuando recibieron a una periodista irlandesa -la primera mujer que penetraba bajo estas bóvedas-, el coronel, después de unas palabras de bienvenida, le ofreció un ramo de flores. ¿Creyó ella tal vez que las habían cogido en el foso antitanque? ¿No tienen acaso lecha de su granja, jamón de su porqueriza, rábanos de su huerto? ¿Por qué no habrían de tener prímulas? ¿E incluso minosas? Todo parece posible en este reino alucinante.

-¡Figúrense. Tienen aire acondicionado! -cuentan a su regreso los visitantes con asombro.

-¡Climatizado! -encarece otro.

No se puede compadecer a unos hombres a quienes no falta nada...

Y esto es precisamente lo que quieren.

-De todos modos, tiene usted que reconocer una cosa -prosigue alegremente el comandante, con el cual represento el papel de abogado del diablo-: Aquí abajo no tenemos nada que temer.

Franceses - Segunda Guerra Mundial
Sin novedad. Los franceses se limitan a hacer reconocimiento rutinarios. Veánse estos autos ametralladores que exploran un bosque en la región del Mosela. 

Esta vez tengo que darle la razón. El carácter dominante de estas fortalezas es la impresión de seguridad que dan a cada paso. Toda idea de peligro provoca su réplica casi inmediata. Toda alarma, su contrapartida. ¿Qué podrían hacer los mayores proyectiles contra esta enorme masa de roca y hormigón?

¿Los gases? El exceso de presión atmosférica los rechazaría de un soplo, y además, tan pronto se descubriese su presencia, el aire sólo llegaría a través de cámaras especiales, donde sería neutralizado.

¿Los tanques? Mirad por la aspillera esas "plantaciones de raíles", esos campos de minas, esos fosos cortados a pico.

¿La infantería? Solamente pensarlo nos haría suspirar: "¡Pobrecillos!"

Nos sentimos abrumados por el respeto, por un terror casi sagrado a la vista de esas puertas aplastantes, de esos blindajes monstruosos, de esas torretas de cuarenta toneladas que un chiquillo puede mover con la mano. Winston Churchill, que vino para pasar aquí dos horas, se quedó todo el día y no daba un paso sin encontrar una sorpresa. A pesar de cuanto le habían dicho, no se figuraba que la línea Maginot tuviese esa fuerza infernal, y se marchó maravillado -más que maravillado: triunfante-, llevándose como fetiche la insignia de las fortificaciones: "¡No pasarán!"

Desde el exterior sólo se ve el muro gris de la entrada tallado en un otero, y aquí y allá las setas negras de los vigías o el disimulado caparazón de una cúpula; sin embargo, este terreno engañoso está sembrado de amenazas. De pronto surge una llama rugiente: un cañón ha disparado. Invisible... Cuando el humo se disipa, ya no se puede localizar el sitio. El cañón mete sus morros dentro y la tronera se vuelve a cerrar. Si fuera necesario, cada torreta escupiría una granada por segundo. En todas las direcciones. Y los morteros, los cañones antitanques de los fortines y las casamatas también tronarían; las ametralladoras pesadas batirían los fosos y todo el ribazo se convertiría en un volcán.

En pleno bombardeo, cuando se hace fuego de batería contra las posiciones alemanas, hay que encontrarse bajo las mismas cúpulas o en la cercanía para saber que están disparando. En los pisos de abajo no se oye nada. Por eso, viendo que el almuerzo se prolongaba, pregunté por curiosidad:

-Ese ajuste de tiro, ¿para cuando es?

Un oficial, sonriente, me informó:

-Estamos disparando desde hace un cuarto de hora. Ya vamos a terminar...

No habíamos oído nada. El toldo blanco del comedor de oficiales no se había agitado. Una esclusa que se cierra, un vagón que se descarga hacen más ruido que el cañoneo. En su plataforma giratoria, los servidores no ven ni el objetivo ni el horizonte. Tiran a ciegas, con arreglo a sus datos, y las órdenes también les llegan como los proyectiles: mecánicamente.

La poderosa, la inexpugnable, la legendaria línea Maginot. Detrás de esa muralla de hormigón y acero, que ha costado miles de millones de francos, el Ejército francés espera al invasor. "No pasarán", ésta es la divisa. En la superficie, casamatas, torretas, campos de trampas antitanques; bajo tierra, una verdadera ciudad en estado de alerta, con los bloques separados por avenidas. Esta fortificación, sin embargo, no cubre la frontera belga y sólo sirve para una guerra de posiciones. Los alemanes se aprovecharán de estas características.

Una mirada al cuadrante, y ya está todo a punto para disparar. Ni siquiera huelen la pólvora, pues el olor es aspirado inmediatamente por el ventilador. Sabrán que el fuego ha terminado cuando el transmisor automático deje de girar.

Y encima, en su campana, un suboficial solitario observa el campo de hierba con el periscopio, como si se tratase de un mundo desconocido.

Me desperté con la cabeza pesada y mal gusto de boca; no había dormido más que dos o tres horas, con un sueño sobresaltado. A ras del suelo veo filtrarse por la gatera una luz amarillenta que acaba por desesperarme. Es una claridad reptante. ¿Húmeda, también, acaso? Como el techo. Como las paredes. A pesar de la oscuridad, me parece verlas relucir con un sudor perpetuo. Adivino la mancha sospechosa que se extiende delante del lavabo, y la pintura que rezuma, y el hormigón viscoso.

-¡Y eso que tienes trato de favor! -me reprochaba a mí mismo amargamente-. ¡Te miman aquí! ¡Tienes un cuarto de oficial!

¿Qué dirían los otros, los artilleros y los de infantería, que duermen amontonados en criptas, donde la ropa lavada nunca llega a secarse? He interrogado a muchos: nadie se queja. Privilegio de la juventud, que hace aceptarlo todo...

Bien es verdad que sus jefes no viven mejor. El propio coronel no tiene un cuarto mejor que éste, y por más que mi alegre comandante decore el suyo con grabados exóticos y fusiles árabes, nunca será más que una celda: una cueva. ¡Cuando pienso que en este cuartel, donde viven mil hombres, no existe una ventana! ¡Ni una! Sólo de pensarlo me ahogo.

Como el alboroto que me ha despertado recomienza más fuerte, me calzo las babuchas y voy a ver qué pasa. Es el reparto de café que llega en el tren con sus cacerolas humeantes. Pronto los ventiladores empezarán ronronear; luego, los encargados de recoger basura se pondrán a jugar, como malabaristas, con sus cubos. En estas galerías, donde hay carteles de trecho en trecho que recomiendan "¡Silencio!", el alboroto es de rigor: estrépito de chatarra, ruido de zapatones, llamadas, timbres, silbatos; lo único que no se oye nunca son los cañonazos.

El tintineo del trenecito recuerda el timbre de los tranvías y la ciudad subterránea se despierta al oírlo.

-¡Caramba, el primer metro!

El soldado se vuelve del otro lado  en su litera, retrasando el momento de levantarse. Pero no verá entrar la luz por la persiana ni oirá llegar a él la canción callejera. Por la mañana y por la noche hay una misma luz y el hormigón sonoro devuelve los mismos ecos. Unos soldados duermen en literas; otros, como los marineros, en hamacas. Y como el servicio se hace por compañías, los dormitorios están siempre llenos. Cuando se ha bebido el café y se termina el aseo, la maniobra da comienzo.

-Lo mejor de aquí -me confía un soldado mientras se equipa en un abrir y cerrar de ojos- es que no hay que cepillarse.

Son los únicos en todo el frente que se ríen del barro. Sin embargo, los hay que salen para trabajar: cavar, plantar estacas, tender alambre de espino. También salen para combatir. Los voluntarios de las guerrillas, que conocen la región como nadie, obtuvieron permiso para patrullar en los puestos avanzados y tuvieron el oro día su primer encuentro.

-¡Con tal de salir!- me ha dicho su capitán, sin asomo de fanfarronería.

Mecánicos, electricistas, fogoneros, cuadrillas de obreros: de todo hace falta en esta enorme fábrica. Ingenieros de uniforme y delineantes con galones de sargento. El servicio cartográfico se parece a una oficina de proyectos, y la central de tiro no tiene de guerrero más que el nombre. Esas dínamos, esos enormes volantes, esos tornos, esos puentes sobre ruedas harían buen papel en una fundición y la centralilla telefónica funcionaría del mismo modo. Incluso junto a los cañones, la guerra no parece guerra. Se ve alguna lata que reluce de limpia, alguna palanca, algún volante que pudiera ser una cabeza de torno o una prensa de estampar, y los proyectiles almacenados tienen el aspecto pacífico de botellas acostadas en sus estanterías.

Mientras la fábrica se pone en movimiento los soldados del turno de noche vuelven a sus dormitorios. La huella de sus cuerpos persiste aún en los jergones que una nueva fatiga va a aplastar. Maletas y petates se amontonan sobre las tablas, y siempre son tan iguales que parecen los mismos. El único detalle que distingue los dormitorios son las fotografías clavadas en las paredes: una colección completa de "vedettes" de cine. Pero para este fin el talento cuenta menos que la cara o el escote, y estas bellas muchachas nunca sabrán cuántos sueños deliciosos han provocado en la línea Maginot.

Mujeres, paisajes: esto es lo que falta, y los hombre emparedados pegan mujeres y paisajes por todas partes para ilusionarse. En la subcentral eléctrica han pintado, en el muro del fondo, una ventana mágica, por la cual se ven los Vosgos. Esto les produce la ilusión de respirar aire fresco por un momento.

Los oficiales del subterráneo este han ido aún más lejos. Instalaron su bar en la cubierta de proa de un yate de placer. He aquí la chimenea, las banderolas de la empavesada, la luz verde de estribor. Los salvavidas llevan el nombre del baluarte y unos lindos rostros se encuentran en los ojos del buey. El camarero, vestido de marinero, viene a llenar los vasos y en el humo de un cigarrillo se divisan el mar azul y la costa de África. Un poco de sueño barato. Esta afición a autoengañarse, estos decorados para la ilusión, ¿no son acaso el indicio del mal secreto que les oprime? ¿De su claustrofobia? Me inclino a suponerlo, pero el médico me lo impide.

-Hojee, compruebe -me invita, poniéndome su cuaderno bajo los ojos-. No hay enfermos. No hay evacuados. ¿Ha visitado usted la enfermería?

-Sí. Estaba vacía.

-Como siempre. El único de nosotros que trabaja aquí sin parar es el dentista porque arregla gratis los dientes. Hay, sin embargo, una especie de enfermedad privativa de las fortificaciones que llamamos hormigonitis. Pero una carta, un vaso de vino, una canción acaban fácilmente con ella y no existe ejemplo de que se haya resistido a un permiso.

-¿Se trata, en resumen, de algo así como la morriña?

-Tiene el mismo tratamiento; usted lo ha adivinado.

Los soldados a los que me acerco no parece que la padezcan. Leen, escriben, charlan, se entrenan por equipos para el próximo campeonato de "belote". Incluso descubro en un hueco una mesa de ping-pong, destinada a los campeones de tenis que están aquí encerrados. Se habla ahora de hacer unos huertos, de cultivas tomates y judías verdes entre el foso antitanque y la red de alambres de espino. Algo que sirva para distraerse al aire libre y mejorar el menu.

Durante todo el día subo y bajo en ascensor, cojo el metro, trepo por escaleras y recorro pasillos al azar, sin que se sacie mi curiosidad. Cada descubrimiento me lleva a otro descubrimiento insólito. Aquí están desplegando una pantalla para el cine; más allá colocan las sillas para la misa.

-El domingo de Pascua, dimos más de cien comuniones -me dice con orgullo el joven cura alsaciano que lleva el uniforme de sargento de caballería-. El mes pasado incluso hemos celebrado un bautizo.

Y al ver que le miro asombrado, me aclara:

-¡Ah! No era un niño. Era un soldado que iba a casarse...

Nadie lo creía: ni los ingleses, ni los escandinavos, ni el propio rey de Dinamarca. Hitler pasó al ataque contra el norte de Europa. En la madrugada del 9 de abril invadió Dinamarca; el desembarco de las tropas alemanas se efectuó sin dificultades a lo largo del muelle de la Langelinie, en el puerto de Copenhague. A las dos de la tarde la operación había terminado.

Al llegar la noche -esa noche indiscernible que pasaría inadvertida si no fuera por el cuadro de servicio- las galerías se llenan de paseantes. Algunos se encaminan a la plaza del pueblo, donde la banda del baluarte ensaya su concierto para mañana. pero una plaza sin muchachas no atrae a los soldados. Ni chicas, ni tabernas; hormigón para que paseen sombras...

Se marchan desocupados, arrastrando sus zapatones con clavos. Allá en la sala de descanso, un tenorino canturrea su romanza. En las esquinas de algunas mesas, algunos ansiosos siguen escribiendo sin que jamás se agote su carga de ternura. A su alrededor ya se ha empezado a roncar.

Dejándoles entregados a sus pobres sueños, subo a las torretas donde se mueve el nuevo relevo. Hay que estar siempre dispuesto a disparar en un segundo. El observador, vuelto hacia la frontera, acecha ya el cohete que surgirá de las líneas para pedir una cobertura.

Yo también quisiera ver la noche. Me inclino sobre una pieza de artillería que tiene la culata abierta y miro por el tubo del cañón, como si mirara por un telescopio.

Al fondo, sobre un disco verde y negro, el horizonte se destaca, sorprendido en su serena quietud. Luego, lentamente, los servidores hacen girar la plataforma y el extraño diorama empieza a desarrolarse. La cuesta plantada de estacas, los grandes árboles, la llanura... El cielo, por fin, el cielo inmenso que llena el cañón de una luminosa oscuridad en la que brillan unos puntitos de oro.

Se diría que la noche me está bombardeando con sus estrellas.

Fuente:
La "Drôle de guerre", por Roland Dorgelès.

Sin novedad en el oeste: parecía que la cosa iba a seguir así hasta el fin de la guerra, la extraña guerra que en Francia parecía no existir. ¿No era esto además la perfecta demostración de la doctrina del Estado mayor sobre la guerra "defensiva"? En Francia todos habían acabado por creer que las guerras modernas se ganarían al abrigo de muros y fortificaciones, sin disparar un tiro. Bien es verdad que en el mar las cosas iban de otra forma, pero las batallas entre los acorazados de bolsillo alemanes y los cruceros británicos, aquellas épicas persecuciones hasta las playas uruguayas, más que inquietar, despertaban el interés, y la batalla del Río de la Plata, mientras todo dormía en el frente occidental en los últimos días de diciembre de 1939, más se parece a un relato novelesco que a un episodio histórico. 


Pero Hitler iba a encargarse de despertar los cañones en el frente adormilado del Oeste, en esa primavera de 1940.


El 9 de abril de 1940 la "drôle de guerre" se acaba y empieza la guerra, la verdadera, la escogida por Hitler. Ese día, con objeto de "asegurar la protección armada" de Dinamarca contra "un ataque inminente de Inglaterra", el Ejército alemán penetra en el pequeño país. En menos de doce horas, Copenhague fue ocupado: Dinamarca había sucumbido en un solo día. Naturalmente, esto era sólo el comienzo pues ese mismo día 9 de abril, con el pretexto de impedir que los franceses y los ingleses colocasen minas en aguas noruegas, refugio de los buques alemanes, las tropas nazis desembarcaban en los principales puertos de Noruega: Narvik, Trondheim y bergen. En unas horas, tropas aerotransportadas desembarcaron en Oslo apoderándose de la ciudad. Dos días más tarde los principales centros del país habían caído en manos de los alemanes, a pesar de la tenaz resistencia del Ejército noruego. ¿Iba a correr Noruega la misma suerte que Polonia? En cuanto la noticia de la invasión fue conocida, los gobiernos francés y británico manifestaron su voluntad de "prestar una ayuda inmediata y completa a Noruega". El 10 de abril una escuadra inglesa atacaba a los destructores alemanes fondeados en la bahía de Narvik, infringiéndoles graves pérdidas. El día 13 se formaba un cuerpo expedicionario francobritánico; el 14, las tropas británicas desembarcaron en Narvik; el 19, las tropas francesas entraban en Namsos. ¿Podían los aliados, tan alejados de sus bases de aprovisionamiento, cambiar la situación y reconquistar Noruega? Pudo creerse en los primeros encuentros. Pero los alemanes, después de apoderarse de Oslo, se lanzaron a una violenta ofensiva y en menos de quince días se apoderaron de casi la totalidad del territorio noruego. En la extremidad norte, sin embargo, alrededor de Narvik, los aliados cortaron la "ruta del hierro" por la que el mineral sueco era conducido hasta Alemania. Durante casi dos meses la Legión extranjera se aferró a las colinas que rodean Narvik, lanzando furiosos ataques contra la ciudad, que, por fin, cayó el 28 de mayo de 1940. Era la primera proeza, la primera victoria de los aliados desde los días sombríos de septiembre de 1939; por fin se encendía una luz de esperanza tras la derrota de los ejércitos polacos y los interminables meses de inactividad de la "drôle de guerre".

Siguiente