Jacques Chastenet, de la Academia Francesa, termina su magnífica Historia de la Tercera República con un volumen de una asombrosa lucidez: "El Drama Final". El ilustre historiador, con su reconocida objetividad, estudia aquí el desarrollo de la desastrosa campaña de mayo de 1940 de la segunda guerra mundial y nos explica las razones, tanto políticas como militares, que debían provocar, algunas semanas más tarde, la caída de la República.
La víspera de la ofensiva alemana, ¿cuáles son los planes de campaña preparados en uno y otro bando?
El plan francés se basa en las siguientes hipótesis: la ofensiva enemiga no se producirá seguramente en la región de las Ardenas, considerada como impenetrable; es posible, aunque poco probable, que se desencadene contra el sistema defensivo de Lorena y de Alsacia; las mayores probabilidades están en favor de un vasto movimiento envolvente efectuado -como en 1914- a través de Bélgica.
Por consiguiente, ya antes de la ruptura de las hostilidades se había decidido guarnecer fuertemente de tropas el sector lindante con la llanura belga, tanto más cuando que apenas existían fortificaciones. Se hubiera preferido establecer la línea en la propia Bélgica, a fin de cubrir desde mayor profundidad la región industrial de Lila-Roubaix-Toucoing. Pero la neutralidad belga se oponía a ello.
El plan alemán desbarataba completamente todas las previsiones del Alto Mando francés.
Este plan sólo fue preparado a última hora.
Cosa curiosa: ni siquiera había sido esbozado cuando a finales de septiembre de 1939 terminó la batalla de Polonia. Lo mismo que sus colegas del Estado Mayor francés, los miembros del "Oberkommando" no creían en la posibilidad de una decisión rápida en el frente del Oeste al principio de la segunda guerra mundial y se inclinaban a la espectativa. Hitler, por su parte, creía que el tiempo trabajaba contra Alemania y que convenía apresurarse. Habiendo fracasado su "ofensiva de paz", ordenó el 9 de octubre que se preparase un ataque masivo para el 12 de noviembre, cuyo objetivo sería "conquistar la cantidad de terreno belga, holandés y francés suficiente para poder hacer una guerra aérea y naval contra Inglaterra y formar un glacis que cubriese el acceso a la cuenca del Ruhr".
Obedeciendo a estas instrucciones, el "Oberkommando" elaboró un plan inspirado en el antiguo plan Schlieffen, utilizado en agosto de 1914. Su única variante consistía en que el movimiento envolvente abarcaría esta vez no sólo Bélgica, sino también Holanda.
Este proyecto, que carecía de originalidad, no gustó a Hitler. Gustó menos aún al general von Manstein, jefe de Esado Mayor del grupo de ejércitos A y una de las cabezas más claras de la Wehrmacht.
No había prisa, pues con la llegada del mal tiempo la ofensiva se había aplazado "sine die". Manstein concibió entonces un contraproyecto sumamente ambicioso: nada menos que el cerco rápido y la destrucción del grueso de las fuerzas aliadas de la segunda guerra mundial. Los medios para conseguirlo: una brecha que los carros abrirían por sorpresa en el propio eje del dispositivo francés, en la región de las Ardenas, y una explotación fulminante del éxito por la aviación y la infantería, hasta llegar al mar, copando a los ejércitos adversarios y obligándolos a capitular.
Un plan tan audaz no tenía probabilidad de realizarse más que con el empleo masivo del ejército acorazado. Manstein convocó al general Guderian, gran especialista en el tema y comandante de una "panzerdivisión". Los dos hombres estudiaban juntos los detalles del plan, cuando el 12 de noviembre, Rundstedt, comandante del grupo de ejércitos A, recibió un telegrama de Hitler. Iba a constituirse un grupo de divisiones acorazadas, cuya misión sería "llegar por sorpresa hasta la orilla occidental del Mosa, al sudeste de Sedan, y crear de esta manera condiciones favorables para la prosecución de las operaciones". La idea del movimiento envolvente por Bélgica y Holanda no se abandonaba; pero el pensamiento de Hitler coincidía en un punto esencial con el de Manstein. "El Führer -escribió más adelante este último- tenía un sentido innato de las posibilidades tácticas."
Animado el audaz general, puso a punto su plan y lo sometió a la aprobación de Rundstedt, el cual lo transmitió al "Oberkommando". Allí escandalizó un poco, pues chocaba con los principios estratégicos y tácticos venerados por todos los estados mayores. Caído en desgracia, Manstein fue destinado a mandar un cuerpo de reservistas en Pomerania y el "Oberkommando" empezó otra vez a perfilar su plan, llamado el "plan amarillo", imitado del plan Schlieffen con las modificaciones que hacían necesarias las recientes instrucciones del Führer.
Sin embargo, los partidarios de Manstein, con Guderian a la cabeza, no se dieron por vencidos, y a primeros de febrero de 1940 se efectuaron unas maniobras en Maguncia, donde ambas concepciones se enfrentaron.
Tal era la situación cuando, el 17 de febrero de 1940, con motivo de la presentación de los nuevos comandantes de cuerpos de ejército, Manstein fue recibido por Hitler. Con gran sorpresa comprueba que ninguna de sus notas ha sido transmitida al Führer. Se las resume y es escuchado por Hitler con tanta más atención cuanto que su proyecto, muy detallado, coincide en muchos puntos con el concebido por el cerebro, siempre en ebullición, del dictador.
El 6 de marzo éste reúne en Berlín, en el palacio de la Cancillería, una gran conferencia militar. Los representantes del "Oberkommando" defienden su proyecto para esta campaña de la segunda guerra mundial. Como Manstein está ausente, Rundstedt y Guderian defienden el suyo.
Hitler no dijo nada, pero unos días más tarde, hizo saber su decisión: en líneas generales el plan será el de Hitler; en los detalles, será el resultado de una fusión del proyecto del "Oberkommando" y el de Manstein, con predominio de este último: se abrirá la gran brecha en dirección a Sedan y con "panzerdivisionen", pero éste no será el único ataque. Dos días antes habrá comenzado una operación diversiva en Bélgica y Holanda. Habrá que hacer creer al adversario que esta operación es la principal y atraerlo hacia el Norte. Las "panzerdivisionen" podrán avanzar fácilmente hacia el Oeste, evitando, en la medida de lo posible, librar una verdadera batalla. Sólo cuando los ejército aliados situados en Bélgica hayan sido cercados, se emprenderá su destrucción; después, una vez asegurada la posesión de las costas del Canal, se avanzará hacia el Sur para completar la victoria. Guderian, puesto al frente de un cuerpo de tres divisiones acorazadas, será el encargado de la parte más difícil de la empresa: la brecha que les abrirá las puertas de Sedan.
Terriblemente difícil llevar a cabo con éxito esta misión de la segunda guerra mundial, en efecto, a causa de la falta de buenas carreteras en las Ardenas, del espesor del bosque y de lo escarpado de las orillas del Mosa. Los generales, que no pueden imaginar que los aliados se dejen sorprender, están llenos de escepticismo. Solamente Guderian da pruebas de una completa confianza. Hitler está secretamente inquieto, pero su decisión sigue siendo inquebrantable. El 12 de abril el plan alemán queda definitivamente terminado.
En esos mismos días, el general Gamelin, firme por una vez, impone un plan consistente en efectuar la unión con los ejércitos belga y holandés, cuyo plan parece haber sido concebido, exactamente, para responder a las esperanzas del Führer.
La víspera de la ofensiva alemana la situación es la siguiente:
Las fuerzas francesas combatientes en este momento de la segunda guerra mundial cuentan, en el suelo metropolitano, con 95 divisiones, de las cuales 86 son de infantería, 3 de caballería transportada, 3 divisiones ligeras mecanizadas y 3 acorazadas. El cuerpo expedicionario británico presenta 9 divisiones de infantería y una división ligera mecanizada. Los efectivos totales aliados sobrepasan los 2.900.000 combatientes.
Estas fuerzas están distribuidas en 3 grupos de ejércitos y 10 ejércitos dispuestos y mandados como se detalla a continuación, entre el mar del Norte y la frontera de los Alpes:
1º Primer grupo de ejércitos (general Billotte), desde el mar hasta Longuyon, en el extremo izquierdo de la línea Maginot:
VII ejército (general Giraud); Cuerpo expedicionario británico (general lord Gort); I ejército (general Blanchard); IX ejército (general Corap); II ejército (general Huntziger).
2º Segundo grupo de ejércitos (general Prételat), a lo largo de la línea Maginot, desde el Rhin y el Jura septentrional hasta Sélestat:
III ejército (general Condé); IV ejército (general Réquin); V ejército (general Bourret).
3º Tercer grupo de ejércitos (general Besson), en el Jura meridional y la frontera suiza:
VIII ejército (general Garchery); VI ejército (general Touchon).
En frente, las fuerzas alemanas, compuestas en este momento de la segunda guerra mundial de unos 2.750.000 hombres, presentan 117 divisiones, de las cuales 10 divisiones son acorazadas (panzerdivisionen). Su disposición, de Norte a Sur, es la siguiente:
1º Grupo de ejércitos B (general von Bock), desde la extremidad septentrional de la frontera holandesa a Aix-la-Chapelle.
XVIII ejército (general von Küchler); V ejército (general con Reichenau).
2º Grupo de ejércitos A (general von Rundstedt), desde Aix-la-Chapelle a Tréveris:
IV ejército (general von Kluge); XII ejército (general List); XVI ejército (general Busch); Grupo acorazado (general von Kleist).
3º Grupo de ejércitos C (general von Leeb), de Tréveris a la frontera suiza:
1 er ejército (general von Witzleben); VII ejército (general Dollmann).
El grupo A, que se enfrenta al débil eje del dispositivo aliado, es mucho más potente, pues con cerca de la mitad del total de las divisiones de infantería y con 7 de las 10 divisiones acorazadas (el grupo B tiene tres y el grupo C ninguna).
No se pueden comparar prácticamente las fuerzas que van a contender en esta fase de la segunda guerra mundial basándose únicamente en el número de unidades que las componen. Es más importante tal vez la relación entre los respectivos armamentos.
En artillería de campaña y artillería pesada, la ventaja estaba indudablemente del lado de los aliados: sólo las fuerzas francesas disponían de cerca de 11.000 piezas que iban desde el calibre 75 al 280. Pero este material, por lo menos el más pesado, fue concebido para una guerra estabilizada, que se desarrollase en un frente continuo. Serviría para machacar metódicamente las posiciones enemigas y para proteger los avances de la infantería, y resultaba poco eficaz frente a los blancos de una gran movilidad. Las batallas que se anuncian demostrarán la preponderancia de los tanques y la aviación. ¿Cuál era la relación de fuerzas desde este punto de vista?
El número de tanques era muy equilibrado, pues las fábricas trabajaron mucho recientemente y las fuerzas francesas disponen de 2.285 tanques modernos (de los cuales 1.593 son de infantería y 692 de caballería); el cuerpo expedicionario británico tiene 289 (ligeros), que arrojan un total de 2.574 tanques aliados efectivos. El enemigo posee, a lo sumo, 2.600 inmediatamente utilizables.
Pero los tanques alemanes de la segunda guerra mundial no tienen tanta diversidad de tipos como los nuestros; son, por lo general, más rápidos; su velocidad es uniforme (40 kilómetros por hora); la capacidad de sus depósitos, mayor; están equipados con medios de transmisión y de mando mucho mejores; y, por fin, y sobre todo, la utilización táctica que se hace de ellos es infinitamente superior.
Nuestros tanques no han sido concebidos para ser agrupados en unidades independientes, sino para acompañar a las unidades de infantería. Por esta razón, en su mayor parte están diseminados entre los diferentes ejércitos. El número de tanques para cada división ha sido fijado en 180 (cuando el coronel De Gaulle había precocinado 500). Su entrenamiento es todavía rudimentario.
Pasemos a la aviación. Francia puede disponer de 1.648 aviones (219 de bombardeo, 946 de caza y 483 de reconocimiento). Gran Bretaña tiene, en territorio francés, 480, de los cuales 150 son bombarderos, y, en su propio territorio, unos 800. En frente, Alemania tiene, en el frente occidental, 3.227 (1.264 cazas, 1.120 bombarderos, 342 "stukas" y 501 aparatos de reconocimiento). Naturalmente ambos bandos tienen además, en el interior, depósitos todavía no disponibles y aparatos en construcción.
Por lo tanto, pueden luchar 2.128 aviones del lado aliado de la segunda guerra mundial (un poco más de 2.900, si se cuentan los que están estacionados al otro lado del Canal de la Mancha) y 3.227 del lado alemán. Desde el punto de vista numérico, la inferioridad de la aviación aliada sólo es abrumadora en bombarderos. Pero lo es también en cuanto a calidad y utilización. Si bien nuestros pilotos son magníficos, nuestros aviones de caza son menos rápidos y nuestros aviones de bombardeo tienen un radio de acción menor que el de los alemanes. No disponemos de aviones que puedan, como los "stukas" atacar en picado. Además, lo mismo que los tanques, la aviación francesa está concebida para servir de arma auxiliar y no está organizada para librar una batalla en masa a la aviación enemiga. Mientras casi todos los aviones alemanes se agrupan en dos grandes flotas aéreas y una escuadra de reserva, los nuestros han sido puestos en su mayor parte a disposición de los diferentes ejércitos. (Las fuerzas aéreas británicas actúan con absoluta independencia no sólo del mando francés, sino también del jefe del cuerpo expedicionario.) Por otra parte, los aliados parecen desconocer la utilización que puede hacerse de los aviones para el transporte de tropas y el lanzamiento de unidades de paracaidistas. Y por fin han descuidado totalmente el enlace entre las fuerzas aéreas y las fuerzas acorazadas, mientras que los alemanes lo han puesto a punto. Esta organización les dio la victoria en la campaña de Polonia. Se la va a dar también en la batalla de Francia.
El cielo no estuvo tan vacío de aviones aliados como se dijo. Estos aviones lucharon incluso con heroísmo, pero faltos de cohesión y enlace, sólo actuaron en orden disperso y en la mayoría de las veces llegaron tarde.
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| Stukas en formación de vuelo. Para sembrar la muerte, estos insectos monstruosos se lanzan desde el cielo silbando. |
En el pasivo francés es forzoso añadir: en las tropas, una resistencia física por lo general inferior a la del soldado alemán; una edad más avanzada; un entrenamiento menor; en la oficialidad, una frecuente negligencia y cierta falta de ardor combativo; en el Alto Mando, en fin, una dispersión de responsabilidades y, sobre todo, una arraigada fidelidad a la doctrina establecida en la Primera Guerra Mundial.
Lo embrollado de los altos estados mayores franceses, que ya era inquietante durante la movilización, se ha complicado aún más desde que, en enero, el general Georges recibió el título de comandante en jefe de los ejércitos del Nordeste. Este nombramiento provocó la creación de un entorpecedor cuartel general suplementario, creando una zona de indecisión respecto a la competencia del general Georges y el general Gamelin, que seguía siendo general en jefe para el conjunto del teatro de operaciones.
En el enemigo, por el contrario, la autoridad estaba totalmente concentrada en manos de Hitler. Desconocedor de toda tradición, libre de prejuicios y guiado por su instinto, al antiguo cabo no le gustaban mucho los generales -sobre todo los del ejército de tierra-, a los que reprochaba su suficiencia aristocrática y su apego a fórmulas anticuadas. Los utiliza como técnicos; no deja de tener en cuenta sus trabajos, pero muy rara vez tolera que discutan con él. El "Oberkommando" - mando supremo de las fuerzas armadas- es sólo un organismo de preparación y ejecución, y su jefe, el capitán general Keitel, no es más que un general de división dócil. En cuanto al general en jefe del ejército de tierra, sus consejos son rechazados brutalmente con frecuencia. Intratable y todopoderoso, el Führer decide él solo todas las cuestiones importantes.
Entre esta voluntad siempre tensa, surcada por relámpagos de intuición, y la cortesía esquiva, la inteligencia más que nada crítica y el profundo escepticismo del general en jefe francés, la partida no estaba equilibrada.
En la mañana del 10 de mayo, una fuerza alemana aerotranportada de 12.000 hombres, apoyada por 4.000 paracaidistas, se lanzó sobre los puertos de Rotterdam, Dordrecht y Moerdijk, en el Mosa inferior. Se lucha entre el humo de los incendios, en las calles, incluso en los tejados, pero la resistencia es inútil. El canal Alberto fue cruzado (y 500 paracaidistas, como si saliesen de un caballo de Troya alado, se abatieron sobre las cúpulas del fuerte Eben-Emael, clave de la defensa de Lieja). Los bombardeos aéreos siembran el pánico entre la población civil, que empieza a huir en masa hacia el sur. Por la noche, un primer tren de refugiados llega a París, a la estación del Norte. Eben-Emael está ya sitiado.
Hacia el sudeste, el grupo de ejércitos A (mandado por el general von Rundstedt) se ha puesto en movimiento. 1.400 tanques, en columnas paralelas de 150 kilómetros de largo, atraviesan el Gran Ducado de Luxemburgo y las Ardenas belgas en dirección al Mosa. Tres de estas divisiones, las que forman el cuerpo mandado por el general Guderian, tienen como primer objetivo la hondonada de Sedan, y como objetivo lejano el canal de la Mancha. Por encima de ellas, una aviación poderosa llena el cielo.
Los aliados han puesto en marcha el plan del general Gamelin. La caballería del general Prioux ha cruzado la frontera belga entre las aclamaciones de la población, dirigiéndose, con sus carros de asalto adornados con ramas de lilas en flor, hacia las orillas del río Dyle, donde llega al anochecer, después de haber recorrido 125 kilómetros, para comprobar que allí no existen fortificaciones. A la misma hora, el cuerpo expedicionario británico y el primer ejército francés se ponen en movimiento en la misma dirección. Está previsto que establecerán sus posiciones en cinco días, y se cuenta con que los belgas podrán resistir mientras tanto en el canal Alberto.
Simultáneamente, el VII ejército francés maniobra hacia el norte con el propósito de llegar hasta la línea Amberes-Breda mientras dos divisiones cubren la desembocadura del Escalda.
Estos movimientos se realizan en parte por ferrocarril. En el plan del Alto Mando no tienen, conviene repetirlo, carácter ofensivo: su único objetivo es enlazar con las fuerzas belgas y holandesas y modificar el frente defensivo para proteger la costa del mar del Norte que mira a Inglaterra. Ningún bombardeo aéreo obstaculiza su avance: en los estados mayores, algunos se felicitan por ello; otros, más sagaces, se preocupan: ¿no estarán a punto de caer en una ratonera? Es lo que teme, sobre todo, el coronel Villelume, consejero militar de la Presidencia del Consejo. Pero, en su puesto de mando de Vincennes, el general Gamelin sigue imperturbable. "Si usted acabase de ver, como yo, la amplia sonrisa del general en jefe -dice Jacomet, el secretario general del Ministerio de Defensa, a Reynaud-, no tendría la menor inquietud. Los alemanes le ofrecen la ocasión que deseaba."
El 11 de mayo Rotterdam sigue resistiendo, pero el ejército holandés, a pesar de su valor, se halla en situación caótica.
Prioux considera que su posición es difícil de defender, y dirige un mensaje al general Billotte, que manda el primer grupo de ejércitos, sugiriéndole que se limiten a establecer sus posiciones en el Escalda. Billotte se niega.
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| Frente a un ejército alemán motorizado y magníficamente armado, los franceses cuentan con un armamento que ya no es apropiado; por ejemplo: el famoso cañón del 75. |
La dislocación de las fuerzas belgas prosigue. Nuestra defensa antiaérea resulta más que insuficiente, mientras que la del adversario somete a duras pruebas a nuestras escuadrillas.
El momento del ataque contra Sedan se acerca sin que el mando francés se lo imagine, absorto en los combates de Bélgica y Holanda.
Por la tarde, Reynaud, avisado por Villelume, telefonea a Daladier: "Estamos saliendo de nuestra coraza, quiero decir de las posiciones fortificadas a lo largo de nuestra frontera, para avanzar a pecho descubierto, a pesar de nuestra inferioridad en material y efectivos". "¿Qué quiere usted que hagamos? -le contesta el ministro de Defensa-. Es Gamelin el que manda. Está aplicando su plan."
Plan de teorizante, no de hombre práctico. Por la noche, el mismo Gamelin, sientiéndose desbordado, delega sus poderes sobre los ejércitos británico y belga en el general Georges para que éste a su vez los subdelegue en el general Billotte.
Despunta el alba del 12 de mayo, domingo de Pentecostés. El tiempo sigue siendo espléndido.
Mientras los belgas se fortifican en la línea del río Dyle, el VII ejército francés, gravemente castigado, recibe la orden de renunciar a ocupar Breda y replegarse sobre el Escalda, abandonando así a los holandeses a su suerte.
En las Ardenas, los tanques alemanes, utilizando todos los senderos, por pequeños que sean, y derribando árboles, se han abierto camino a través del bosque. Varias unidades de infantería transportada les preceden. Hay camiones cargados de lanchas neumáticas y de material de pontonería. Han recibido la orden de cruzar el Mosa al día siguiente.
La línea francesa de resistencia sigue la orilla izquierda del río. Los elementos de caballería que resistían en la orilla derecha se repliegan, abandonando en poder del enemigo a Sedán, cuya defensa era considerada, todavía ayer, como indispensable. El mando francés cree que el ataque se efectuará al norte y muy cerca de Namur. Sin embargo, por precaución, hace volar los últimos puentes que subsisten entre Sedan y Givet y refuerza la artillería que guarnece las alturas al este de Sedan.
Esta artillería cuenta ahora con cerca de 200 cañones, cuyos calibres oscilan del 75 al 155 largo. Delante de ella, a cierta distancia construida durante el invierno. El sector parece estar completamente al abrigo de cualquier sorpresa.
Durante la noche, las "panzerdivisionen", con sus tanques pegados unos a otros, con los faros encendidos para ganar tiempo, avanzan hacia el Mosa. Cuando sale el sol están ya cerca. Bajo un cielo imperturbablemente azul, el 13 de mayo va a ser para Francia el primero de una serie de días negros.
En Holanda, después de una resistencia prolongada heroicamente, Rotterdam, que ya no es más que un montón de ruinas humeantes, capitula, dejando así disponibles los aviones alemanes que lo bombardeaban. El VII ejército francés resiste a duras penas en la línea Bergenop-Zoom, Canal de Turnhout.
En Bélgica, el cuerpo expedicionario británico y el primer ejército francés llegan a la línea del río Dyle sin que su avance sea muy obstaculizado por el enemigo. (Los alemanes juzgarían conveniente, sin duda, que estas fuerzas se alejaron lo más posible de sus bases de partida.) Los británicos se establecen entre Lovaina y Wavre y los franceses entre Wavre y Namur.
Es en este último sector, hacia el paso de Gembloux, donde se espera el principal choque alemán. Grave error. Fue más hacia el sur donde se dieron los golpes de ariete que hicieron saltar los goznes de nuestro dispositivo.
Estos goznes se encuentran en la conjunción de los ejércitos IX y II franceses, mandados, respectivamente, por los generales Corap y Huntziger. Dos militares de tipo opuesto. Corap, veterano de Marruecos, es bajo, gordo, vulgar, cordial y apreciado por sus hombres; mientras que el elegante Huntziger es un teorizante estimado por el Cuartel General, cuya frialdad aleja de él a sus subordinados. Tanto el uno como el otro son "clásicos" y no conciben que la guerra de 1940 sea distinta de la de 1918.
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| El ejército alemán estaba motorizado y magníficamente armado. |
Por su parte, el Mando alemán es, desgraciadamente para nosotros, revolucionario.
Desde la una de la mañana los soldados de infantería, embarcados en botes neumáticos o agarrados a haces de paja, han atravesado el Mosa en las cercanías de Dinant y han escalado la orilla opuesta. Sorprendidos en plena noche, los puestos franceses fueron cercados o tomados. Al mediodía el enemigo consiguió establecer una pequeña cabeza de puente.
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| El general Erick von Manstein, jefe de Estado Mayor del general von Rundstedt, trazó el plan de campaña de Francia, haciendo pasar los tanques por las Ardenas. |
Entonces se desencadena, a ambos lados de Sedan, un ataque más amplio, precedido de un intenso bombardeo de nuestras fortificaciones de hormigón y de nuestras posiciones artilleras. Los "stukas" bajan en picado con un ruido infernal y, más aún que las bombas, este prolongado rugido siembra el terror entre los artilleros. (La mayoría de ellos llevan varios meses hundidos en este sector pantanoso sin haber disparado un solo cañonazo.) Hay baterías intactas que son abandonadas precipitadamente por sus servidores. Nuestros aviones, poco numerosos, parecen desconcertados. Y, sin embargo, los "stukas", cuyo vuelo es lento, son unos blancos de primer orden para los cazas.
A las 4 de la tarde, las tropas de asalto que dependen del cuerpo acorazado de Guderian cruzan el Mosa en lanchas neumáticas y balsas. El avance de los asaltantes prosigue con rapidez. Aunque, aquí y allá, algunas unidades francesas resisten valerosamente, las demás, reblandecidas por la "drôle de guerre", huyen a la desbandada.
Se produce un fenómeno de alucinación colectiva que hace creer que las "panzerdivisionen" están encima cuando todavía están en la otra orilla. El pánico, que los artilleros han sido los primeros en sentir, se va extendiendo y se oye el grito siniestro de "¡Traición!". Formaciones enteras abandonan el campo sin haber visto siquiera al enemigo y afluyen, con sus oficiales, hacia la retaguardia. Muchas de ellas no se detuvieron, jadeantes, hasta Reims, recorriendo más de 100 kilómetros.
Al fin de la jornada los alemanes ocupan, al oeste de Sedan, una cabeza de puente de casi cinco kilómetros de ancho por seis de profundidad. Salen del valle del Bar y amenazan, al sur de Mezières, la retaguardia del ejército de Corap.
Desde su cuartel general, Georges telefonea a Gamelin para decirle que "un grave contratiempo" acaba de producirse, y da orden a la 3ª división acorazada, mantenida en reserva en Champagne y todavía insuficientemente equipada, para que acuda a toda prisa al combate.
Mañana del 14 de mayo: en la línea Lovaina-Namur las fuerzas británicas y francesas soportan una violenta presión del enemigo. Resisten, pero a su izquierda, el ejército belga, amenazado de verse envuelto por el norte, se halla en situación precaria. Sin embargo, es justamente a su derecha, en el frente defendido por los ejércitos de Corap y Huntziger, donde se juega la partida; que ya está en parte decidida.
Un enérgico contraataque de los franceses al amanecer hubiera tenido grandes posibilidades de éxito.
La 3ª división acorazada francesa había llegado ya a unos 15 kilómetros de los puntos neurálgicos, después de abrirse paso entre una multitud de fugitivos, en la que huían mezclados militares y paisanos. Sus tanques eran más potentes que los más potentes alemanes, por lo cual se había dicho a sus tripulantes: "Vuestra aparición en el campo de batalla constituirá una terrible sorpresa para el enemigo. Sois la fuerza irresistible que lo barrerá todo..."
Su jefe, el general Bricard, hubiera querido atacar inmediatamente y en formación cerrada. Pero el aprovisionamiento de combustible no estuvo a punto y la división llegó al lugar del combate a las 4 de la tarde. Entonces recibió una orden: renunciar, por lo menos por aquel día, al ataque y repartir los tanques de la división para que sirvieran de "tapones" en un frente de 20 kilómetros. Una vez más, obsesionados con la táctica defensiva, no se daba a los tanques su verdadero empleo: servir de "punta de lanza".
Ya muy tarde, el Alto Mando se decide a hacer un esfuerzo para destruir el puente por donde afluían las tropas alemanas. 170 bombarderos franceses y británicos son utilizados. Desgraciadamente, las oleadas sucesivas son demasiado espaciadas y la defensa antiaérea alemana puede dirigir a placer sus tiros con terrible eficacia. Cuando cae la noche, el puente no ha sido destruido, pero ¡85 aviones aliados han sido derribados!
Por la noche, Huntziger lleva hacia el oeste el ala izquierda de su ejército, dejando el ala derecha apoyada en la línea Maginot.
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| ¿Al paso? A paso de carga, más bien. En fila india, unos motociclistas alemanes cruzan rápidamente la frontera; jamás una línea divisoria ha sido más simbólica. |
Algunas horas después, Corap da la orden a su ejército, que se encuentra en pleno desconcierto, de replegarse a una línea que pasa por Rocroi. Pero una "panzerdivisionen" le va a cortar la retirada. Sometido a un incesante bombardeo, se disloca. Al día siguiente casi habrá dejado de existir.
De esta suerte, la brecha abierta por los alemanes queda afianzada.
No sólo se ha perdido definitivamente la batalla del Mosa, no sólo el IX ejército ha sido en gran parte destruido, no sólo el frente ha sido ampliamente perforado dejando abierto el camino a la invasión; también se han demostrado la falta de preparación, tanto material como moral, de las fuerzas francesas y los errores estratégicos de su mando.
Las cuatro quintas partes de los franceses no sospechan nada. Bien es verdad que en las Ardenas, en el Marne, en el Aisne, en el Somme, en el Oise, las carreteras están abarrotadas de paisanos que huyen bajo las bombas. Bien es verdad que a las estaciones parisinas afluyen los refugiados, cada vez más numerosos, demacrados y hambrientos. Pero la censura vela para que no se filtre ninguna noticia desagradable, y los periódicos dedican amplio espacio a unos pretendidos preparativos alemanes contra los Balcanes.
En París, los restoranes y los teatros están llenos. Los funcionarios de muchos ministerios, que al principio de la "drôle de guerre" habían sido enviados a provincias para constituir los cuadros administrativos, se han cansado de este destierro y han regresado a la capital.
El propio Gobierno no estuvo, en principio, bien informado. Reynaud, ante el temor de herir la excediva susceptibilidad de Daladier, se abstuvo de telefonear directamente a Gamelin. El mismo Daladier sólo tuvo la información de que "el enemigo había establecido unas cabezas de puente" con algunas "infiltraciones parciales" y "bolsas que pronto quedarían cercadas". Es indudable que el Alto Mando considera a los elementos civiles, por altos que sean sus puestos, como unos importunos.
Sin embargo, desde el 12 de mayo, los prefectos de los departamentos amenazados tocaron a rebato. El 14 por la noche, después de reunir el Gabinete de Guerra, el presidente del Consejo dirigió un mensaje a Churchill pidiendo el envío inmediato de refuerzos aéreos.
Sin embargo, sólo el día 15 conoció el Gobierno verdaderamente toda la extensión del desastre sufrido por los ejércitos de Huntziger y Corap. El general en jefe parecía postrado. "¡Ah! -gritó Reynaud-, si Pétain estuviera aquí, podría influir sobre Gamelin; su cordura y su serenidad serían una gran ayuda." Y aquella misma noche hizo que saliera para España el general de aviación Pujo con la misión de traer al mariscal, que a la sazón era embajador de Francia en España.
En la noche del 15 al 16 estalla el trueno gordo. Gamelin informa de que los alemanes están a 20 kilómetros de Laon y de que él, como general en jefe, "declina toda responsabilidad" sobre París. Consultado por Reynaud, el general Hering, gobernador militar de la capital, aconseja al Gobierno que salga sin demora, pero finalmente se decide que los poderes públicos permanezcan en París mientras no exista una amenaza inmediata de ser hechos prisioneros.
En el Ministerio de Asuntos Exteriores ya se había dado la orden -una orden de origen incierto- de quemar la correspondencia política. Los ujieres encienden en el jardín unas hogueras en las que echan, revueltos, expedientes y cajas. Solamente Ernest Lagarde, director de África, se niega a entregar los documentos de su departamento para este auto de fe, que algunos sospechan que fue dispuesto para hacer desaparecer documentos comprometedores.
A Churchill, que vino para informarse de la situación, se le lleva a las 4 de la tarde a un salón donde ya reina olor a chamusquina.
Aún no se da cuenta de la gravedad de la situación. Escucha atentamente a Gamelin sin dejar de mordisquear, uno después de otro, sus grandes puros, y sólo interrumpe al generalísimo para preguntarle: "¿Dónde están sus reservas?" Este responde: "Ya no quedan reservas." Tomando la palabra, el primer ministro británico insiste para que en todos los frentes las fuerzas aliadas se aferren a sus posiciones. En cuanto a los refuerzos de aviación pedidos, es partidario de su envío, pero necesita la aprobación del Gabinete de Guerra de Londres, aprobación que va a pedir por telégrafo. La reunión termina en pleno nerviosismo.
Después de cenar, Churchill lleva a Reynaud, a su domicilio, la respuesta de Londres: diez escuadrillas de aviones de caza van a ser enviados al continente; además, la aviación británica de bombardeo dejará de emplearse en bombardear las fábricas del Ruhr e intervendrá en la batalla. El premier agrega que, suceda lo que suceda, la Gran Bretaña no cederá jamás, que la ayuda armada de los Estados Unidos está próxima y que la victoria final es segura. "Haremos morir de hambre a Alemania -ruge-. Destruiremos sus ciudades. Quemaremos sus cosechas y sus bosques."
Su confianza y su energía fueron contagiosas. Cuando se marcha Churchill, Reynaud empieza a considerar, por primera vez, la eventualidad de proseguir la guerra en el norte de África.
Mientras tanto le parece que la sustitución de Gamelin se impone más que nunca, y telegrafía a Beirut invitando a Weygand a que se traslade inmediatamente a París.
Casi al mismo tiempo, el presidente Roosevelt dirige un mensaje al Congreso de Washington en el que se destacan estas frases:
"Conozco vuestra preocupación: la de no veros arrastrados al conflicto armado que se ha abatido sobre Europa. Velaré con todas mis fuerzas para que nada nos exponga a este peligro."
Las esperanzas de Churchill, por este lado en la segunda guerra mundial, son prematuras.
La jornada del 17 no trae mejoría alguna de la situación.
La retirada se realiza sin demasiadas dificultades. Pero desde que se produjo la ruptura del dispositivo inicial, la desorientación es general: a la incertidumbre del mando hay que agregar, en numerosas unidades, la desmoralización de la tropa e incluso la de la oficialidad. Se abandona la iniciativa al adversario, que se aprovecha de la situación con una audacia temeraria.
Al contrario de lo que se pensaba la víspera, el objetivo de las "panzerdivisionen" no es París, sino el mar. Por la mañana, el cuerpo blindado de Guderian se desvía ligeramente hacia el noroeste, y al mediodía sus avanzadas llegan el Oise, al sur de Guisa.
Para detener este avance sólo se hace un intento serio. Es realizado por la 4ª división acorazada, mandada por el coronel De Gaulle, a la cual fue encomendada la misión de lanzarse sobre el flanco izquierdo de las columnas enemigas, a la altura de Montcornet. Esta división siembra el desorden entre los elementos de infantería transportada con los cuales se enfrenta al principio, pero sólo se compone de 150 tanques y carece en absoluto de entrenamiento. Además, no cuenta con apoyo de infantería. A pesar del valor de los tanquistas, su empuje es detenido pronto, gracias a la acción combinada de la artillería y la infantería enemigas. Al llegar la noche, De Gaulle tiene que replegar su división a las proximidades de Laon.
No fue este ataque, por muy enérgicamente que se condujera, el que detuvo a las "panzerdivisionen" en los márgenes del Oise: fue una orden del propio Hitler que, al llegar a Charleville, al cuartel general de Rundstedt, consideró que las fuerzas acorazadas estaban expuestas a quedar aisladas del grueso del ejército. "El Führer está terriblemente nervioso -anota en su diario el general Halder, jefe del Estado Mayor del "Oberkommando"-. Está preocupado por sus propios éxitos e insiste en detenernos."
Guderian, herido en su amor propio, pide que se le releve del mando. Pero la orden de detener el avance es anulada y las "panzerdivisionen" reanudan su marcha. Atraviesan el Oise, así como el canal que enlaza este río con el Sambre. Cuando cae la noche, los tanques alemanes avanzan hacia San Quintín y Peronne.
En París, viendo que la amenaza inmediata parece descartada, los ánimos se han serenado un poco. Sin embargo, las consignas para el oscurecimiento de la ciudad se hacen más severas. Los jefes de sector no descansan en la vigilancia de cualquier luz que pueda filtrarse al exterior; los "dancings" están cerrados; la evacuación de los niños de las escuelas prosigue, y muchos particulares emprenden, o reemprenden, la ruta del sur. Pero el Gobierno ya no piensa en huir.
Por la noche, el presidente del Consejo de Ministros pronuncia una alocución por radio en la cual, y al mismo tiempo que hace un llamamiento al patriotismo de los franceses recomendándoles tener confianza, les informa de los primeros desastres.
El 18 de mayo se acelera el avance del enemigo.
Por la noche, el general Billotte telefonea al general Georges para decirle que no está muy seguro de poder mantener el contacto entre los ejércitos aliados que operan al norte del "pasillo de los panzers" y los ejércitos franceses alineados al sur. "Es preciso -añade- reflexionar sobre la conducta que habrá que seguir en el caso de que nuestras fuerzas queden aisladas."
Ante este temible eventualidad, Gamelin envía al ministro de Defensa una memoria justificativa que, con sus documentos adjuntos, consta nada menos que de 15 páginas. El principal párrafo es éste:
"La rotura de nuestro dispositivo se ha producido con demasiada frecuencia a causa de una desbandada, al principio local y luego casi general, en los puntos en que se encontraban nuestras posiciones claves, frente a un adversario audaz, decidido a todo y convencido de su superioridad."
Naturalmente, no se hace alusión, en ninguna parte, a los errores de doctrina y de estrategia cometidos por el Alto Mando. Los únicos culpables han sido los ejecutores.
En la mente del presidente del Consejo, la sustitución de Gamelin ya es cosa decidida. Por la mañana ha efectuado algunos cambios ministeriales. Se ha hecho cargo de la cartera de Defensa, dejando, en cambio, a Daladier la de Asuntos Exteriores. Pétain, recién llegado de España, ha sido nombrado vicepresidente del Consejo, y Georges Mandel pasa del Ministerio de Colonias al de Gobernación.
Pétain, el vencedor de Verdún; Mandel, el colaborador íntimo de Clemenceau; Weygand, el antiguo colaborador de Foch, eran los hombres que devolverían la esperanza al país; así, al menos, lo esperaba Reynaud.
Estos nombramientos no impidieron que la situación de las tropas siguiera siendo angustiosa.
En la noche del sábado 18 al domingo 19 de mayo, el general Giraud, jefe de lo que aún quedaba del IX ejército, llega cerca de Le Cateau, donde decide instalar su puesto de mando, pero se encuentra con que la ciudad ha caído en manos del enemigo. Después de errar durante unos momentos a la ventura es hecho prisionero y su ejército deja definitivamente de existir.
A primeras horas de la mañana del 19, nueve "panzerdivisionen" logran alinearse entre Cambrai y Peronne. Se detienen allí para reagruparse, aprovisionarse, proceder a las reparaciones indispensables y también para dar tiempo a que la infantería motorizada, cuya misión es apoyarlas, se les aproxime.
En "Notre Dame" de París se celebra una ceremonia religiosa destinada a invocar la protección divina. Asiste el Gobierno en pleno y varios embajadores, entre el de los Estados Unidos, Bullit, con una gardenia en el ojal. La mayor parte de los ministros que asisten son librepensadores; algunos de ellos son masones notorios; uno, judío. La masa de curiosos apretujada en el atrio se asombra y se inquieta: ¡mal deben ir las cosas!
A su regreso a la calle Saint-Dominique, Reynaud se entera de que Weygand ha llegado, a las 11, al campo de aviación de Etampes, y que inmediatamente se ha trasladado a Vincennes, al puesto de mando de Gamelin.
Sus setenta y tres años no le pesan mucho al antiguo jefe de Estado Mayor de Foch. Su rostro está un poco arrugado, pero su figura sigue siendo esbelta, sus andares vivos, su mirada penetrante y su inteligencia rápida. Jefe de Estado Mayor general en 1930, más tarde inspector general del ejército, desde 1931 a 1935 ha tratado, en el desempeño de estos cargos, de luchar contra la rutina y los prejuicios y, si bien no ha logrado siempre vencerlos, por lo menos se le debe la aceleración en la fabricación de material de guerra, la aprobación de un programa de motorización y la creación de una división ligera mecanizada. Católico practicante, formado en el arma de caballería, pertenece con toda su alma a las tradiciones militares.
Sacado de su retiro al principio de la guerra, fue designado para dirigir el teatro de las operaciones en Levante. Mando más bien teórico, ya que el general sólo tenía a su disposición unas fuerzas irrisorias, y por también la oposición de Gamelin y la del Ministerio de Asuntos Exteriores han anulado los proyectos que había concebido para los Balcanes, el mar Negro y el Cáucaso.
A su llegada no se imagina todavía la extensión del desastre. Su conversación con Gamelin, y la que tiene después con Georges, le ponen pronto al corriente. Cuando, al llegar al Ministerio de Defensa, oye que Reynaud le ofrece, en presencia de Pétain, el cargo de general en jefe de las operaciones terrestres, marítimas y aéreas, su sentido del deber le impide rechazarlo. "Acepto -declara- las graves responsabilidades que echáis sobre mí. No debéis extrañaros de que no pueda asegurar la victoria, ni daros siquiera la esperanza de alcanzarla."
Inmediatamente se le comunica a Gamelin que ha sido reemplazado.
Sin embargo, sin preocuparse del riesgo, las "panzerdivisionen" se disponen, después de una pausa de veinticuatro horas, a reanudar su carrera y a irrumpir, como un alud de acero, en dirección al mar.
Han bastado diez días para que el plan temerariamente audaz, concebido en el cerebro tumultuoso de Hitler y madurado en el frío cerebro de Manstein, se haya realizado casi exactamente.
Fuente:
Diez días de mayo, por Jacques Chastenet, de la Academia Francesa.
Crónica de la Segunda Guerra Mundial.














