Sin embargo, por el hecho mismo de estar compuesta por varios grupos nacionales, Checoslovaquia se encontró, desde un principio, con un problema de orden interior: el de las minorías. En aquél país vivían un millón de húngaros, 500.000 rutenos y 3.250.000 alemanes de los Sudetes. Estas gentes lanzaban miradas nostálgicas hacia sus "madres patrias", que eran, respectivamente, Hungría, Rusia y Alemania, si bien los Sudetes habían pertenecido a Austria, nunca al Reich alemán. Estas minorías deseaban, al menos, una autonomía más amplia que la que tenían.
Los propios eslovacos, que constituían la cuarta parte de los diez millones de súbditos checoslovacos, formulaban algunas exigencias. A pesar de que, desde el punto de vista racial y lingüístico, tuviesen lazos estrechos con los checos, los eslovacos habían evolucionado de manera distinta, en gran parte por haber estado durante varios siglos bajo la dominación húngara.
Ciertamente, si se comparaba su suerte con la de las minorías de la mayor parte de los otros países, incluso en Europa occidental o en los Estados Unidos, las minorías checoslovacas no podían quejarse. No sólo gozaban de todos los derechos democráticos y cívicos -incluído el de voto-, sino que habían conservado escuelas y sus instituciones culturales propias. Sus jefes políticos eran a menudo ministros en el Gobierno central. Sin embargo, los checos parecían emplear medios discutibles para solucionar este problema de las minorías. Se mostraban a veces de un patriotismo fanático y faltos de tacto. La oposición consideraba, sobre todo, que el Gobierno no había cumplido las promesas hechas por Masaryk y Benes, los verdaderos creadores del Estado checoslovaco en la conferencia de París de 1919, los cuales se comprometieron a implantar un sistema federal análogo al de Suiza. Cómo no advertir la ironía de los acontecimientos que pasamos a relatar, cuando se piensa que los alemanes de los Sudetes llevaban una existencia relativamente próspera en el seno del Estado checoslovaco, sobre todo en comparación con las demás minorías del mismo país o con las poblaciones alemanas de Polonia y de la Italia fascista. Hasta la llegada de Hitler no existía ningún movimiento político serio para formular reivindicaciones.
Los votos de los sudetes iban en su mayoría a los social-demócratas y a los demás partidos democráticos. Pero en 1933, cuando Hitler llegó a canciller, el virus del nacionalsocialismo se infiltró en la región. Se vio entonces surgir el partido alemán de los sudetes obedeciendo a la instigación de un profesor de gimnasia, de personalidad desdibujada, llamado Konrad Henlein. A los dos años había enrolado en su partido a la mayoría de los sudetes, con la excepción de los social-demócratas y de los comunistas. Cuando se produjo el "Anschluss", el partido de Henlein, que desde había tres años recibía sus directrices políticas de Berlín, estaba preparado para cumplir las órdenes de Hitler.
Henlein fue a Berlín quince días después de la anexión de Austria para recibir las consignas y, el 28 de marzo, permaneció tres horas encerrado con el Führer. El mismo ha resumido así la idea de Hitler: "Tendremos que estar formulando siempre peticiones tan exorbitantes que jamás podrán ser satisfechas". Esta estrategia conduciría como veremos a la Segunda Guerra Mundial.
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| Adiós, paz... Eduardo Benes, presidente de la República checoslovaca, durante una visita a Londres en 1938. Pronto se encontrará solo frente a Hitler. |
Por lo tanto, la situación de la minoría alemana en Checoslovaquia sólo fue para Hitler un pretexto -como debía serlo, un año más tarde, la de Dantzig con respecto a Polonia- para preparar un golpe a traición en un país que codiciaba y para ocultar sus verdaderos designios. Su plan, como había revelado muy claramente en su entrevista del 5 de noviembre de 1937 con sus principales jefes militares y en las órdenes iniciales del proyecto de agresión contra Checoslovaquia, era destruir el estado checoslovaco, apoderándose de su territorio y de sus habitantes en provecho del Tercer Reich. A pesar de lo que había ocurrido en Austria, los dirigentes franceses e ingleses no se dieron cuenta de la situación. Durante la primavera y el verano que siguieron, realmente casi hasta los últimos días, el primer ministro inglés Chamberlain, y el presidente del Consejo francés, Daladier, creyeron, al parecer sinceramente -como la mayoría de los occidentales-, que Hitler sólo deseaba que se les diera un trato justo a sus compatriotas de Checoslovaquia.
Fuente:
La cita de Munich, por William L. Shirer.
Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial
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